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15M: …y se rompieron los esquemas

Por Javier Figueiredo.

“Cuando un libro o una película se apartan radicalmente de lo esperado decimos que nos rompe los esquemas. Hay quienes lo vemos como un elemento interesante, que nos provoca curiosidad o emoción, y hay otros a los que les saca de quicio”. En mayo de 2013, con ocasión del segundo aniversario del 15 M, escribí esas palabras en una columna de la prensa regional extremeña que titulé Esquemas rotos. En ella lamentaba las opiniones carpetovetónicas del momento, con políticos tradicionales y comentaristas necesitados de que todo fuera “como dios manda”, sin que nada se saliera del orden establecido.

Aquel viernes, 20 de mayo de 2011, la Puerta del Sol estaba absolutamente llena de gente. No cabía nadie más.  Una manifestación de personas indignadas se había quedado allí tras la manifestación del domingo anterior. La campaña electoral para las municipales del domingo 22 de mayo se acababa a las 12 de la noche de ese viernes, se iniciaba la jornada de reflexión y la Junta Electoral había prohibido cualquier tipo de manifestación política. Diversas páginas web retrasmitían en streaming lo que allí estaba sucediendo y no se sabía si la policía, comandada por Pérez Rubalcaba, acabaría haciendo lo que le reclamaba la inquilina de lo que fue la Dirección General de Seguridad del franquismo, una Esperanza Aguirre que pedía a gritos que le quitaran a aquellos desarrapados que le dañaban la vista al correr las cortinas. No pasó nada. Hubiera sido una locura intentar dispersar a un pueblo pacífico que reclamaba una profundización democrática.

En cinco años hemos aprendido algunas cosas. La primera es que el menos aseado de los hippies que acampaba en Sol era infinitamente más limpio que la mayoría de consejeros, directores generales y asesores que correteaban en la sede de la Comunidad de Madrid. También nos hemos dado cuenta que la corrupción en España no es solo un sistema de enriquecimiento de unos a costa del esfuerzo de la mayoría, sino que tiene sus valedores, sus creyentes fanáticos, sus más de siete millones de personas que son capaces de vitorear los vuelos de las gaviotas azules aunque les den tirones en el bolso y les levanten las carteras.

Muchos se preguntan si el 15M fue flor de un día, fue una algarada, una protesta más que no llevó a ninguna parte o el germen de nuevos partidos que han desbaratado el bipartidismo. Si alguien pretende cuantificar la influencia del 15M en la segunda década del siglo XXI se estará equivocando porque no se puede medir ni en votos, ni en escaños, ni en alcaldías. Su gran éxito es el aporte cualitativo de metodologías democráticas a una nueva generación que estaba alejada de las luchas políticas y sociales. Tras el 15 M llegaron las mareas blancas y verdes, huelgas generales o marchas por la dignidad,  pero lo más importante es que hubo miles de personas en las calles debatiendo, sin nombres ni líderes que se hicieran dueños personales de los mensajes; se aprendió a aplaudir sin interrumpir, a escuchar activamente a quien planteaba argumentos diferentes, a no tener miedo a la autoridad, a ser pacifistas a pesar de la violencia y el brutal intento de desacreditar que se ejercía hacia el movimiento.

Fueron tantos los aprendizajes que solo por ello el 15M habrá merecido la pena, porque ha permitido a una generación nueva darse cuenta de que las cosas se pueden cambiar aunando fuerzas y buscando puntos de encuentro entre posiciones diferentes cuando los objetivos son comunes.

Hace cinco años escribí que los poderes más establecidos no paraban de acuciar a los indignados para que se presentaran a las elecciones. Cinco años después lo van a hacer y con un nivel de unidad sin precedentes, aunque no debemos olvidar que el movimiento libertario también formó parte del 15M y no estará, en toda lógica, en las urnas el 26J.

La grandeza del 15M es haber abierto debates imposibles, haber puesto en tela de juicio verdades fabricadas, haber sido el germen de muchas luchas sociales transformadoras y nacidas de abajo hacia arriba,  haber permitido vivir nuevas formas de democracia que no van contra el sufragio universal sino que lo amplían, haber formado a toda una generación de jóvenes en algo tan revolucionario como asistir a una asamblea, contrastar opiniones e intentar llegar a consensos. Sí, el 15M rompió esquemas: esperemos que su espíritu no lo entierren las dinámicas institucionales y tenga siempre los pies sobre la tierra que pisamos todos los mortales.

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