fondo 500e

500 euros al año

Por Javier Figueiredo.

@javierfc

¿Se imagina que cada uno de enero, al salir a la calle, le quitaran 500 euros de su bolsillo a cada uno de los ciudadanos de este país? ¿Se imagina que esto además se repitiera todos los años? ¿Qué haríamos si supiéramos que esa cantidad de nuestros sueldos, de nuestra paga extra de navidad, con la que íbamos a comprar regalos o ahorrarla para la matrícula universitaria de nuestra hija, nos la fueran a arrebatar unos tipos al salir del portal cada día de año nuevo?

No. No es esto un guión de una película de ciencia ficción, de una adaptación de Mad Max a las tierras ibéricas ni nada parecido. Se trata simplemente de una cuantificación de lo que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo y que muchas personas no alcanzan a visualizar como algo que les esté pasando. Si este robo de los 500 euros se produjera a punta de navaja mientras uno saca dinero del cajero automático, ocurriera a la misma hora y a todo el mundo al mismo tiempo, estaríamos hablando de una gravísima crisis de orden público y de seguridad que ya se habría saldado con leyes para endurecer las normas, con nuevos fiscales nombrados para perseguir estos crímenes y miles de unidades policiales especializadas.

Pero no pasa nada. Y no pasa nada porque muchísimas personas siguen sin echar cuentas sobre lo que les está costando todo esto. Porque cada año pagan 100 euros más que otros europeos, incluso los de países más ricos y con salarios mínimos tres veces mayores que el nuestro, en cada recibo de agua, de luz, de gas, de teléfono o de contribución urbana. Y esos 500 euros se los acaban embolsando los que privatizan compañías públicas de agua que funcionaban correctamente, ejecutivos de empresas energéticas cuyos consejos de administración están plagados de ex ministros, o políticos conchabados con empresarios y constructores que nos encasquetan las pérdidas de sus autopistas privadas proyectadas en un momento de avaricia irrefrenable.

ppto corrupción

 

Uno no sabe cuál es la mejor manera de escenificar, de transmitir a gran parte de la población lo que está pasando y de explicarles de dónde vienen sus problemas cuando llega fin de mes y su poder adquisitivo se convierte en menguante como la luna. Tal vez no sea acertado utilizar un autobús con las caras de los presuntos -y en algunos casos probados- artífices de estos entramados y hubiera sido mejor usar otro soporte más tradicional. Pero es urgente advertir a la población de que una banda de carteristas está limpiando bolsos y bolsillos sin que en el ánimo colectivo surja una necesidad irrefrenable de desenmascararlos. Y quizá la clave está en que seguimos sin darnos cuenta de que este robo organizado colectivo se nos hace imperceptible, porque es como si cada día fuéramos perdiendo un euro y treinta céntimos al sentarnos en el autobús: muchos no se darían ni cuenta ni perderían tiempo en buscar las tres monedas. Como cantaba Vetusta Morla está siendo “un atraco perfecto, un golpe maestro, dejarnos sin ganas de vencer”.

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