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Adam Smith y el verdadero liberalismo

Por Samuel Grueso.

Me gustaría aquí hacer una pequeña reseña sobre el término “liberalismo”, sobre cómo fue abandonado este por la izquierda, al verse apropiado por una parte de la derecha, la autodenominada neoliberal, que poco o nada tiene que ver que el concepto original, y que ha adoptado parece que para siempre el término por renuncia de la izquierda. Yo, que me resisto, lo reivindico en estas líneas.

La palabra “liberal”, que actualmente es global a expensas de la extensión mundial del inglés norteamericano, se originó en España a principio de siglo XIX. Las personas política o socialmente liberales eran aquellas personas “partidarias de la libertad”, aquellos amigos de la libertad que propugnaban el pensamiento libre, el fin de las viejas monarquías absolutistas, la lucha contra la reacción conservadora, o la propagación de las nuevas ideas científicas y políticas. Los liberales eran las personas más progresistas, mas avanzadas, más de izquierdas si se quiere entender así, que había en aquella época, hija de la ilustración. Aún hoy permanece: cuando nuestras madres o abuelas se escandalizan de alguien por ser “muy moderno”, suelen referirse a esa persona como una persona muy liberal.

Adam Smith, pensador y economista escocés de la Universidad de Glasgow, fue sin duda un liberal en su época, el siglo XVIII. Cómo pensador aportó la teoría de la mano invisible del mercado, una doctrina económica que tenía cómo idea central que el mercado en general era capaz de auto regularse, y que la excesiva intervención en el mercado por los gobierno solía ser contraproducente para lograr el bienestar general. Adam Smith admitía también en La riqueza de las naciones, su obra político-económica cumbre, que el mercado necesitaba correcciones, por lo que nunca entendió esto en términos absolutos, sino en términos generales.

Pues bien, durante la segunda mitad del siglo XX, una parte del stablishment económico anglosajón decide reivindicar la obra de Adam Smith, escrita y basada, no lo olvidemos, en la economía del siglo XVIII donde el intervencionismo de las monarquías solía ser para favorecer a los amiguetes de turno. Por supuesto esta reivindicación se realizó de manera selectiva, olvidando las propias matizaciones que el autor incluyó en su pensamiento.  Se fundó así una nueva corriente político económica conocida hoy como neoliberalismo, que propugna la privatización de la mayor parte de los llamados Estados de Bienestar, pues según ellos, el propio mercado podría administrar mejor la economía. Según ellos, la justificación de llamarse liberales viene por su defensa de la libertad “del mercado”. Sus más famosos defensores fueron Reagan y Thatcher, que la aplicaron con descaro favoreciendo los intereses privados de personas y grupos económicos cercanos a ellos a través de la privatización a precio de saldo de sus respectivos Estados, con el resultado de miles de personas expulsadas a un desempleo crónico.

A finales del siglo XX esta corriente norteamericana de pensamiento conservador llega también a España a través del Partido Popular, especialmente de líderes como José María Aznar o Esperanza Aguirre. El término es entonces retorcido hasta la absoluta devaluación, ignorandose descaradamente el significado original español, y  adoptándose el norteamericano. A la vez, la izquierda española decide rehuir del único término que expresa ser partidario de la libertad en general, abandonándolo en manos de aquellos que sólo son partidarios de la libertad del mercado, y por ello hoy, ser liberal en España se convierte en sinónimo de ser sospechoso de ser un retrógrado, es decir, justo lo contrario de su verdadero significado.

Lo cierto es que el liberalismo cómo doctrina, también el económico, ha caído victima de los poderosos. El liberalismo económico originalmente estaba concebido no para hacer a las grandes corporaciones dueñas y señoras de la economía mundial, sino para que cualquier persona, fuera pobre o rica, noble o vasalla, pudiera disfrutar de la libertad de emprender su propia aventura económica  y así proporcionarse un sustento. El liberalismo económico estaba basado en la idea de que la mayor parte de la sociedad pudiera acceder a la riqueza a través del desarrollo económico, y de esta manera a la felicidad. En aquellos tiempos aún era imposible siquiera predecir que la tecnificación económica y la acumulación de poder podrían llevar a una economía donde sólo 200 personas tienen más riqueza que la mitad de la humanidad. El liberalismo tenía como fin precisamente lo contrario, que la riqueza de las naciones no se acumulara en manos de unos reyes y su camarilla de nobles, sino que se repartiera en manos de la mayor parte de la población posible.

Por eso quiero reivindicar el liberalismo, el auténtico, no el adulterado, el de los amigos de la libertad, no el de los amiguetes. El que busca la felicidad de las personas a través de la libertad personal, ya sea política, económica o social. También a reivindicar a Adam Smith, un gran pensador progresista, que seguro hoy estaría espantado de ver cómo su pensamiento ha sido retorcido para apoyar los intereses de una casta que no busca la libertad de la mayoría de las personas sino su sumisión.

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