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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Ahora que tengo hijos

Por Patricia Ruiz Rustarazo.

 Hay palabras que se atragantan porque se creen inapropiadas, inadecuadas, fuera de lugar. Se quedan ahí, atravesadas en la lengua al saber que despertarán polémicas no deseadas, que incluso herirán en el sentido equivocado y no conseguirán su propósito. Y acaban por desvanecerse en el complejo del silencio. Ese sentimiento es el que me posee últimamente cuando oigo a alguien sentenciar: “Ahora que soy padre, me doy cuenta de lo importante que es la conciliación”. Y digo conciliación, como podría decir las guarderías, los parques o colegios públicos, la discriminación a las mujeres, la escasez de oportunidades para algunos… Una ristra de derechos, servicios, luchas relacionados con el bien común, con la batalla por una sociedad más igualitaria para todos, con el reparto de bienes y la conciencia de lo público; que hasta ese momento, quién sabe por qué, a estos nuevos progenitores, parecía no interesarles en absoluto.

Es aquello de ‘no es mi guerra’, de no ver más allá de los problemas propios, de que el mundo acaba donde termina la nariz de uno. Es creer que las grandes luchas de la humanidad pueden etiquetarse como parte de un diminuto y efímero partido político al que, en demasiadas ocasiones, uno se adhiere como un hoolingan. Es olvidar que los cambios más necesarios son históricos, anteriores a nuestro tiempo y que trascienden cualquier estúpido prejuicio.

Yo no sé si cuando uno se convierte en padre o madre absorbe toda la responsabilidad de golpe y comienza a ver con más claridad que todos, más aún si no estamos en la élite de la élite, somos iguales. Que nuestra lucha es la misma. Que, en el fondo, nuestro objetivo es común: vivir juntos un poco mejor.

Tampoco sé yo si será porque descubren, por la existencia de su vástago, esa variable del concepto del ‘otro’. Unos ‘otros’ que vivirán en un contexto totalmente diferente, con problemas distintos. La incertidumbre ante cómo será su futuro o cuáles serán sus necesidades agujerea su mente cerrada y egoísta, y caen en la cuenta de que es necesario luchar por aquello que antes criticaban: que el mundo sea un lugar mejor para todos, sean cuales sean sus circunstancias.

Desconozco la verdadera causa de esa transformación, pero me inclino más a pensar que se debe sólo a que su vida, de repente, se complica. Quizás sea pesimista, puede que el cambio sea más profundo. Tal vez se den cuenta de lo pequeños que somos y lo grande que es la lucha. Puede que, debido a ese milagro de la vida, caigan en la cuenta de que no se puede pensar, vivir, elegir (incluso a los gobernantes) teniendo sólo en cuenta lo que a uno le conviene o afecta. Y, quién sabe, puede que vean con clarividencia que el futuro es algo demasiado importante para reducirlo a batallas guiadas, mediatizadas, de confrontación, de los míos o los tuyos. Y puede que se permitan de verdad crecer como personas, sin más etiquetas, como individuos parte de una sociedad. Hasta podrían educar a sus hijos en estos nuevos valores, haciéndolos mejores que ellos.

Si fuera así, tal vez, ninguna palabra se atragante de nuevo delante de ellos, temerosa de ser interpretada como reproche utópico, feminista o vinculado a la izquierda. Quizás entonces, las palabras salgan libres. Dispuestas a liberarnos, a trasformar, a debatir.

Este artículo fue publicado en www.linkterna.com

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