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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Alegato a favor del fracaso

¿Sabían ustedes que a Amazon le llevó 4 años tener beneficios, o que Henry Ford tardó largos años en conseguir que el público considerara sus coches con la suficiente calidad como para ser comprados? ¿Que un Steve Jobs expulsado de Apple dilapidó la mayor parte de su fortuna en Next, una empresa de ordenadores que fue un completo fracaso de beneficios, antes de volver por carambola a Apple y convertirla en la empresa más valiosa del mundo?

Desde esta tribuna me gustaría unirme a favor de una corriente minoritaria, y ciertamente poco aceptada socialmente, que considera el fracaso empresarial (y otros fracasos) como algo verdaderamente positivo.

Verán, entender el fracaso como algo positivo, algo que nos puede resultar contradictorio en apariencia, no lo es tanto a poco que nos detengamos a examinar la cuestión  más a fondo. Fracasar forma parte del proceso natural de desarrollo de las personas desde que somos bebés. Fracasamos en nuestros primeros intentos de andar, hasta que con perseverancia damos nuestros primeros pasos. Fracasamos en nuestros intentos de hablar, hasta que con los años hablamos con fluidez. Fracasamos en casi todo en nuestros primeros años. Fracasamos una y otra vez hasta que los errores que cometemos nos enseñan cómo hacer bien las cosas.

También el fracaso forma parte del proceso de aprendizaje de las empresas. El fracaso nos enseña y  nos ayuda a aprender de los errores que cometemos. Nos evita volver a cometerlos en el futuro. Reivindicar el derecho al fracaso es en realidad reivindicar el derecho al aprendizaje. Un derecho, en mi opinión, fundamental. Creo que por desgracia, la cultura española no es proclive  a la aceptación del fracaso: el fracasador es marginado y se le señala como incapaz por los errores cometidos. El contraste en este asunto es tremendo en comparación con otras culturas de países desarrollados.

Pondré un pequeño ejemplo. Hace pocas semanas, la empresa SpaceX, fracasó estrepitosamente en su intento de desarrollar un tipo de cohete reutilizable, un cohete propulsor que pudiera volver al lugar de despegue después de impulsar el módulo principal, de tal manera que se pudieran ahorrar miles de millones de dólares cada vez que una nave espacial es puesta en órbita, debido a que hasta ahora los propulsores son de usar y tirar, mientras que el objetivo era que fueran reutilizables y que el gasto se limitase al propio combustible. La prueba fue mal, y el propulsor explotó durante el aterrizaje . Pero lo que de verdad me sorprendió fue leer los comentarios que dejaron cientos de personas en el enlace de la noticia de tal fracaso.

Me quedé asombrado: casi todos ellos ponían gran énfasis en que lo ocurrido no era un fracaso, sino una oportunidad para hacerlo mejor en el futuro. Muchos comentaban que lo que de verdad importaba era haberlo intentarlo, y que lo ocurrido les serviría para aprender y para lograrlo en el futuro. Ciertamente me quedé muy sorprendido por las reacciones tan positivas de quienes leían la noticia, y me pareció que detrás debía existir toda una serie de valores culturales que permiten y toleran el fracaso como forma de aprendizaje.

Pensé que una cultura que tolere el fracaso es una cultura dispuesta a mejorar. Del mismo modo que pienso que las personas que admiten sus errores son las que consiguen avanzar hacia adelante en su desarrollo personal, pienso que las empresas que son capaces de prosperar son aquellas que son capaces de aprender de los tropiezos. Pero para ello es necesario que eduquemos en la tolerancia al fracaso, no en su demonización. Debemos ser capaces de implantar la idea de que fracasar no es malo, sino todo lo contrario. Es la oportunidad que tenemos para poder aprender a mejorar.

¡Fracasemos! ¡Fracasemos una y otra vez hasta lograrlo!

Texto: Samuel Grueso

 

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