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Alemania-España: memoria y desmemoria histórica

Por Samuel Grueso.

La única cosa en la que estuvieron de acuerdo los ganadores de la Segunda Guerra Mundial, separados en todo lo demás por diferencias político-económicas irreconciliables, fue en la necesidad de crear un tribunal internacional que juzgara a los principales líderes nazis a la vista del público general.

Ante la imposibilidad de juzgar a todo un país, este juicio se concibió como ejemplar, es decir, que se esperaba que la enormidad de los crímenes cometidos, a través de un proceso de documentación minucioso, expusiera a luz pública, sin tapujos ni medias tintas, la realidad ocultada o minimizada de unos crímenes insoportables. Núremberg, ciudad y símbolo del poder del partido nazi, fue el lugar elegido para ello.

Según pasaban las semanas del juicio, la evidencia de una violencia inhumana y planificada horrorizó a los presentes, y gracias a la acción difusora de la prensa, se trasladó a una opinión pública hasta entonces ciega y muda a la realidad de la dictadura. Un inmenso sentimiento de vergüenza colectiva inundó a los alemanes y al mundo. Donde antes había ocultación y justificaciones, se pasó a una vergüenza insoportable, a un sentimiento de culpa colectiva que llega hasta nuestros mismos días. La imposibilidad de huir de la verdad llevó a la imposibilidad de negarla, y esta a la lógica vergüenza. Los hijos se avergonzaban de sus padres, los nietos de sus abuelos. La justificación de la dictadura se convirtió en delito, y quien lo hace es apartado como un paria inhumano y denunciado por sus ciudadanos en público escarnio. No hay justificación posible a los nazis en el país que creó a los nazis.

Comparen, comparen sin temor. Estos días se están retirando en Madrid algunos vestigios de nuestra dictadura, tosca en sus métodos criminales, pero igualmente tenaz en la aplicación del terror planeado. Lean los comentarios que se escriben, lean los artículos, escuchen lo que comentan sus vecinos en la calle. Y avergüéncense, sí, avergüéncense los que se hayan molestado en documentarse sobre lo sucedido.

La dictadura franquista llegó tan lejos en la aplicación del terror a la propia población que no fue superada por ninguna otra, ni siquiera por los nazis. Tan represiva, que ni 40 años después de su inicio, ni siquiera muerto el dictador, se atrevió ningún líder político a proponer que se juzgara a los responsables de los brutales crímenes cometidos, tan alargada era la sombra del miedo ante la imposibilidad de juzgar a todo un país.

Tan efectiva, que 70 años después siguen las víctimas en las cunetas.

Y peor aún, tan mentirosa que, todavía hoy, millones de jóvenes la justifican y la defienden, tan ajenos y tan ciegos al horror como los alemanes antes de los juicios de Núremberg.

Nadie parece estar dispuesto a obligar a los españoles, como hicieron los que derrotaron a los nazis, a que abran los ojos de una vez ante la verdad terrible e insoportable. Por tanto, el sentimiento de culpa, única manera de justicia posible ya, salvados de la penal los responsables por la cobardía de los justos, no llegará jamás y tampoco la madurez como país, ni la asunción de los valores democráticos por una sociedad desesperadamente necesitada de ellos.

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