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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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banderas de humo

BANDERAS DE HUMO

Por Agustín L de la Cruz

En la película de ficción Wag the dog, que en España se tituló Cortina de humo, el presidente de Estados Unidos, pillado en infidelidad conyugal unos días antes las elecciones, decide inventarse un conflicto bélico que desvíe la atención de la prensa y de los votantes. Uno de sus consejeros, interpretado por Robert De Niro, se pone en contacto con un productor de Hollywood, encarnado por Dustin Hoffman, para crear la cortina de humo: una guerra en Albania a la que el presidente pueda poner fin heroicamente ante las cámaras de televisión.

Tanto Hoffman como De Niro, simpatizantes del Partido Demócrata y amiguetes de Bill Clinton, no sabían dónde meterse cuando, sólo unos meses después del estreno de la película, estallaba el caso Lewinsky. A su pesar, se habían anticipado a la realidad con aquella Cortina de humo: como una estratagema más para sortear el escándalo de su amante becaria y de sus mentiras, Clinton decidió bombardear Afganistán y Sudán, y esta vez los muertos eran de verdad.

Pero vayamos de este episodio de finales de los 90 a la actualidad. Dos partidos de largas trayectorias corruptas ponen en marcha estratagemas paralelas para alejar la atención de sus responsabilidades delictivas: ambos se envuelven en sus respectivas banderas, en la unidad de España uno y en la independencia de Cataluña el otro, para cubrir la corrupción con ese manto, el de las banderas. Por ahora con éxito. Durante estos meses aciagos, la antigua Convergencia representó lo que podríamos llamar, siguiendo con los símiles cinematográficos, “el truco final”: que las personas que se movilizan en las calles de Cataluña para apoyarte en tu huida hacia la independencia sean, en parte, las mismas que se movilizaron contra tus recortes y tu corrupción galopante. No se tiene constancia, sin embargo, de que la importante cantidad de familias españolas que han colgado en sus ventanas y balcones banderas españolas, valga la redundancia, se hubieran movilizado anteriormente en contra de la corrupción y de los recortes que asuelan y empobrecen su querida patria. Las paradojas se suceden: resulta cuando menos chocante que el partido que ostenta el Gobierno de España, calificado por la Justicia como “organización criminal”, sea el garante de la estricta aplicación de la Ley sobre los sediciosos catalanes. Me pregunto qué fiabilidad deberíamos darle a un ladrón que gritase “hay que encerrar a esos traidores”.

Parece que el temporal independentista amaina, ahora que sus propios cabecillas, en un ejercicio de hipocresía de proporciones bíblicas, reconocen que no estaban preparados ni legitimados para romper España. Al mismo tiempo, arrecian de nuevo los casos de corrupción protagonizados por el Partido Popular, empezando por el hecho de haberse convertido en el primer partido español que será juzgado como persona jurídica debido a la destrucción de los ordenadores de Bárcenas, y continuando por la evidencia indiciaria de que un tal M. Rajoy recibió sobresueldos en dinero negro. ¿Veremos cambiar las banderas en ventanas y balcones por carteles de “corruptos dimisión”? Lo dudo. ¿Veremos al PSOE, tan ávido en secundar al Partido Popular en la estricta aplicación de la ley contra Cataluña, promover una moción de censura para apartar a los corruptos del poder? Lo dudo más, si cabe. Las cortinas de humo, en España y en Cataluña, son densas, y no se compran en Hollywood, sino en los chinos.

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