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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Ciudadanos, el partido que no asusta

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Ciudadanos, el partido que no asusta

Por Rocío Sánchez Rodríguez.
Llevaron la lucha contra la corrupción como bandera (algo fácil en esta pasada campaña electoral) y prometieron el cambio que España necesitaba para salir de la crisis. Al fin y al cabo, dijeron lo que el ciudadano quería escuchar. Pero sin Venezuela de por medio y sin el temor de que nuestro país se convirtiera en una dictadura de izquierdas con cartillas de racionamiento. Y ahí residía su gran éxito. Ellos no asustan, sus políticas no dan miedo y no llevan coleta. Ofrecían la alternativa ‘sensata’ a quienes estaban hartos de que PP y PSOE roben y no se fiaban de los atrevidos de Podemos. Lograron llegar a la gente. Dieron confianza. Y lo hicieron cada vez más rápido, convirtiéndose en los grandes oportunistas. Los de naranja fueron listos.
Si no, ¿cómo se explica que sin un programa claro y con un candidato apenas conocido, un tal Juan Marín, el partido sacara nueve diputados en Andalucía después de asegurar su jefe, Albert Rivera, que iba a enseñar a pescar a los andaluces?
Ciudadanos supo aprovechar la oportunidad y en apenas un mes se convirtió en un partido clave del que todo el mundo hablaba. Obviamente en el camino hacia el éxito siempre son necesarios cómplices (los medios de comunicación con sus tertulias nocturnas, las empresas del Ibex35, el propio Partido Popular…), pero quizá eso fuera ya lo de menos, porque el equipo de Rivera logró subir a la cresta de la ola. Y sin que ninguno de sus candidatos se despeinara una ceja.
Veamos dos ejemplos de quiénes son sus representantes regionales:
Primero tenemos al andaluz, Juan Marín, quien le dio la manita a Susana Díaz, convirtiéndose este hecho en el precedente de lo que pasaría después a nivel nacional. No era nada raro puesto que él venía de ser socio de Gobierno con el PSOE en el Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz). Pero antes además militó en el Partido Andalucista y en Alianza Popular.
Y luego está la extremeña, María Victoria Domínguez, que previa llegada a Ciudadanos se vistió de independiente para ser cómplice del PSOE, además de militar en la Unión del Pueblo Extremeño y el PP.
Quedaba claro que el perfil para entrar en Ciudadanos era el de ‘político oportunista en busca de un sillón’.
Ahora veamos algunas de las políticas que ha defendido el partido:
Ciudadanos quería quitar la sanidad pública a los inmigrantes sin papeles, se negó a condenar el franquismo y también rechazó votar a favor de la retirada de la ley del aborto de Gallardón. Claramente ideología de derechas. Y después le dieron extraños arrebatos a su líder supremo y propuso legalizar la prostitución a sabiendas de que es un tema sumamente delicado y que no se puede tratar a la ligera, menos en campaña electoral.
En resumen: ideas que han generado titulares para que se siguiera hablando, y mucho, de ellos. Y poco trabajo de fondo. En una palabra: populismo.
Pero aún así Albert Rivera se ganó la confianza de quienes le escuchaban y empezó a robarle votantes no sólo al PP, sino también al PSOE. ¿Por qué? Asusta que la respuesta sea tan simple y a la vez tan compleja: el miedo. O en este caso: el no miedo. Ciudadanos era esa alternativa calmada y no revolucionaria que España necesitaba. No olvidemos que el voto centrista es el más abundante en este país. Y Rivera se presentaba como un hombre como Dios manda. Bien peinadito y resultón (el nuevo Suárez). Y supo explotar perfectamente esa apariencia de persona sumamente correcta. Y además con su punto ‘progre’: separado y ejerciendo a la perfección sus labores de padre. Él mismo se ha encargado de dejarlo claro.
La confianza que transmite Rivera se basaba única y exclusivamente en esa estampa de niño bueno. Más allá de políticas crueles que le niegan la atención a los sin papeles, más allá de candidatos que han probado en varios partidos a ver dónde lograban un carguito, lo que importó, lo que prevaleció, lo que llegó a la gente, era esa imagen de yerno perfecto. Ahí residía su credibilidad. De ahí surgió su éxito. Así de simple. Así de triste.
Y ahora el partido se presenta como la salvación de España, como la única alternativa para que el país avance con un gobierno progresista. ¿Cómo hemos sobrevivido hasta ahora sin Rivera?

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