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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Conexiones neuronales

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Conexiones neuronales

Por Javier Figueiredo.

No sé nada de neurología y todo mi conocimiento viene de alguno de esos reportajes que aparecen en las páginas de sociedad de los periódicos o en algún podcast sobre ciencia. Así que es más que probable que cualquier persona con conocimientos considere que las comparaciones que establezco ni son acertadas, ni sirven para explicar uno de los problemas más importantes por los que pasan nuestras sociedades.

La mayor o menor inteligencia, parece ser, podría estar en las conexiones neuronales. La inteligencia política, que a veces funciona sin la presencia de tejido neuronal, radica en poder conectar unos hechos con otros, establecer causas y efectos, prever las consecuencias que pueden derivarse de una acción o de una elección. Ya he afirmado en politocracia que una parte importante de votantes puede sufrir esa incapacidad para vincular sus males con los causantes de las mismas. Pero la aparición de datos sobre personalidades bien conocidas que eran propietarias de empresas pantallas en Panamá me ha provocado volver a sacar el tema al debate, en una semana en la que Francia está en la calle por una reforma laboral y aquí hubo una manifestación para que no echaran a un concursante de gran hermano.

Así que ha llegado el momento de explicar muy claramente quiénes son los causantes de nuestros desvelos. Sí, a todos vosotros y vosotras, a la chica que se ha quedado sin beca y sin poder sacarse ni el grado, al chaval que ha enlazado su duodécimo contrato de 648 euros al mes por 10 horas diarias, al que se ha quedado ya sin prestaciones de desempleo con 50 años y no le recogen ni el curriculum vitae para no tener que reciclar tanto papel, a la pensionista que lleva siete años seguidos sobreviviendo con 400 euros, al universitario que está en Londres desde 2011 y que prefiere malvivir allí poniendo copas antes que venir aquí y desesperarse cada mañana, a quienes habéis visto que no os llegaba el dinero para los medicamentos, a los que dais clases en colegios que se caen a pedazos, a quienes estáis en lista de espera para una resonancia que os harán en 2017, a todos los que estáis sufriendo esta crisis que dura ya casi una década os convendría saber quiénes son los culpables.

Y la culpa no es de una entelequia llamada crisis sino que tiene nombres y apellidos: Goldmand Sachs (con Draghi y De Guindos), Bankia, Blesa, Rodrigo Rato, Christine Lagarde, Dominique Strauss-Kahn, Angela Merkel, James Cameron, Durão Barroso o Jean-Claude Juncker. Y junto a ellos otros que son más o menos conocidos: los que solo pagan un 5% de impuestos a través de SICAV mientras cualquier currito paga el doble o el triple, los que tienen cuentas no declaradas en paraísos fiscales lejanos o pirenaicos, los que encarecían la obra pública para quedarse con las contratas a cambio de sobres con billetes morados, etc. Si los del párrafo anterior no consiguen ver que sus males los han causado los de la parte superior de este párrafo, entonces no habremos conseguido nada. Por eso ha llegado la hora de la pedagogía, de la explicación clara y no de los eslóganes, los mantras y las consignas. La transformación social no puede venir a golpe de efectos propagandísticos y puestas en escena gloriosas. Y, aunque tenemos prisa, es un trabajo que hay que hacer con calma, con una calma que no hemos tenido en los últimos años. Mas vale llegar un poco más tarde que pronto y sin las condiciones de cambiar las cosas. Mientras tantos seguiremos comiendo jamón y remolacha, que dicen que mejoran las conexiones neuronales.

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