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Correlación de debilidades

Por Agustín L. de la Cruz.

No es nada fácil superar el llamado “régimen de la Transición” cuando la mayoría de la población aún vive bajo las coordenadas de dicho periodo. En los años setenta la izquierda realizó una serie de concesiones que se interpretaron como imprescindibles para no caer de nuevo en la oscuridad de la dictadura. Como consecuencia de ello y de la larga sombra del franquismo, la democracia resultante prolongó parte de sus males: clientelismo y falta de cultura democrática, aparato judicial profundamente conservador, administraciones públicas anquilosadas y propensas a la corrupción, etc. En los ochenta un PSOE puramente posibilista, lejos de aprovechar sus sucesivos gobiernos para regenerar las instituciones, en cuanto accedió al poder se olvidó de toda reforma de calado y, ya en los noventa, acabó convertido en epítome de la corrupción y el despilfarro.

Al hablar del papel de la izquierda en aquella encrucijada del cambio de régimen, en vez de correlación de fuerzas algunos historiadores prefieren usar la expresión “correlación de debilidades”, en referencia al escaso margen de maniobra del que se disponía. En estos meses de elecciones permanentes, a la vista del resultado último del 26J, parece claro que la izquierda española ha vuelto a sucumbir a sus propias debilidades. En diciembre el PSOE, víctima de su pasado y de sus luchas intestinas, sólo quiso mirar hacia la derecha, a un pacto con Ciudadanos que no era más que un dique de contención al auge de Podemos. Por su parte, Pablo Iglesias prefirió representar la comedia del sorpasso, engañado por las encuestas y por la promesa multiplicadora de la confluencia con Alberto Garzón. Quizá no había otro remedio, dadas las ambiciones de cada cual y la complicadísima aritmética electoral del 20D.

Había que preguntar de nuevo a los españoles. Y aquí, donde Unidos Podemos esperaba el desborde que no llegó a concretarse en diciembre, se encontró con indiferencia y abstención. También, por supuesto, con una efectiva y altamente manipuladora campaña del miedo que reactivó al votante de derechas: siguiendo el peor espíritu de la Transición, ha salido reforzado el malo harto conocido en detrimento del bueno por conocer. En una sociedad muy envejecida, los ancianos son mayoría y deciden el futuro de los jóvenes (también pasa en el Reino Unido, no se crean). Aunque parezca insólito en un contexto de crisis, recortes sociales, corrupción masiva y autoritarismo gubernamental, hay gente (bastante gente) que sólo vota una vez cada cuatro años, si es que vota. Votar dos veces en seis meses es pedir demasiado. Esa debilidad en la concepción y el uso de la democracia contrasta claramente con la fortaleza de quienes más se movilizan cuanto mayor es la amenaza del cambio. Lo llamativo es que ambos extremos obedecen a la larga sombra de la dictadura: el miedo funciona mucho mejor en mentes condicionadas por su estímulo; la atonía y el pasotismo son herederos del “síndrome de la indefensión aprendida”, según el cual no importa lo que hagamos porque todo seguirá yendo mal. El virus del populismo, al menos por ahora, no ha conseguido doblegar a un sistema operativo todavía postfranquista.

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