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Cuando son las madres las que pierden

Por Patricia Ruíz.

Cada generación tiene un mote, a cada generación se le cuelga un sambenito, que si la ni-ni, que si la generación digital, que si la perdida… De la mía, los nacidos con la democracia recién estrenada, de los tópicos que danzan a nuestro alrededor no sé cuál es el más acertado, pero sí cuál es el que más me duele: el que nos quiere lanzar al conformismo, el que nos recuerda que se ha avanzado ‘tanto’ desde que nacimos. Y en concreto, después de tantos eventos en los últimos días, (meses, años, siglos) machistas y discriminatorios, me centro en ese que repite la cantinela de que la mujer ya ha mejorado ‘tanto’ su situación, ¡dónde va a parar! Ese que corea que la igualdad ya es real,  que, a ver, no somos iguales en “todo, todo”, pero que… ¡prácticamente! Porque, tal y como están las cosas, tampoco es para estar todo el día con el discurso feminista, ¡qué tampoco es…!

Pues sí me parece poco, muy poco. Poco lo que se ha evolucionado, poco lo que se sabe de esa lucha y de las consecuencias de no apoyarla, poco lo que se entiende; me parece escasa, muy escasa, la denuncia en los medios, en la calle, en las conversaciones de bar o de salón; y me parece insultante, muy insultante, que haya quien crea que ya está todo hecho, al que le cansa o molesta la lucha. Me enerva. Sin entrar en materia, sin recordar desigualdades, discriminaciones, muertes, abusos…

Ya la naturaleza lo hizo complicado, lo de la igualdad digo, y me refiero en exclusiva a lo de ser madre, no a esos argumentos medievales que algunos prodigan con un altavoz que nunca deberían tener. Porque una mujer, más allá de valorar las ganas, la idoneidad del momento, la posibilidad económica de tener un hijo, ha de añadir, la poco valorada transformación de su cuerpo y, sobre todo, las consecuencias en su vida laboral. Nada es igual, señores. No voy a repetir datos de los que todos hemos oído hablar, lean a Nicolas M. Sarries, y A Larrañeta, lean el informe “Maternidad y paternidad en el trabajo” de la Organización Internacional del Trabajo.  Todos los hombres, todos cuando tienen un hijo, recuperan su trabajo anterior, tal cual; pero las mujeres en esa misma situación, no lo hacen. Bueno, puede que sí o puede que no: tienes el 55% de posibilidades. Y eso hablando de unas privilegiadas que ya lo tenían. “Me tocará, no me tocará”. ¡Pero qué más queremos! Si antes las mujeres no trabajaban. ¡Qué esperas!

Más, espero más. Que nadie olvide aquello tan obvio de que los hombres no podrían tener hijos sin la mujer (en serio, todos paracen no caer en la cuenta) y que esto, amigos, es penalizarlas a ellas por convertirse en madres. Hombres (y mujeres): vuestras madres, vuestras hermanas, vuestras mujeres, vuestras hijas.  Eso sin entrar, claro está, en el inverosímil mundo de la conciliación familiar. Y mucho menos nuestra generación, que bastante bien estamos, ¿verdad?

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