fondo agenda

Dónde estará mi agenda social

Por Agustín L de la Cruz.

Los dirigentes de Podemos actúan a menudo como científicos despistados que saben mucho de su especialidad pero no recuerdan dónde han dejado la cartera, es decir, la agenda social. Tras el desconcierto por los resultados del 26J, han puesto rápidamente en marcha una iniciativa, preguntando a sus bases y círculos, para tratar de desentrañar las razones de la pérdida de ese millón de votos que sí habían obtenido IU y Podemos por separado en diciembre y que esta vez se han quedado en la abstención, impidiendo así el anunciado sorpasso y, lo que es más importante, poniendo en bandeja la continuidad del PP en el gobierno.

Por encima de otros factores que seguro que han tenido algo que ver (la soberbia de Pablo Iglesias, el hecho de que la alianza Unidos Podemos no gusta a determinados sectores marginales de una y otra formación política, la furibunda campaña del miedo y del “déjales que se crean las encuestas”, cierta visión del fenómeno podemita como apto para la protesta pero no tanto para gobernar, los vaivenes ideológicos y discursivos que te hacen afirmar que Zapatero ha sido el mejor presidente de la democracia cuando el descontento que representas nació precisamente contra Zapatero y sus recortes, etc.), hay una cuestión primordial que suele pasarse por alto a pesar de que era y sigue siendo la clave de toda esta repolitización de la sociedad española que comenzó allá por el 15M: la agenda social.

Legislar a favor de la gente, mejorar los servicios públicos, combatir el paro y la corrupción, acabar con los tremendos privilegios de la casta política y empresarial, redistribuir la riqueza, fomentar la igualdad: la gran mayoría de los apoyos electorales que tuvo Podemos el 20D votaron por lo anterior en un contexto de crisis y de enorme desconfianza hacia la vieja política, porque era justamente eso lo que Podemos había prometido poner en marcha con su discurso de los de arriba y los de abajo, del 99 versus el 1%. ¿Y qué visualizaron los votantes de Podemos durante los seis meses siguientes? Falta de diálogo, sobreactuación mediática y parlamentaria, reparto infructuoso de sillones y de culpas; vieja política, en definitiva. La gente no les había votado para eso: había votado para que al día siguiente de las elecciones de diciembre pusieran sobre la mesa de negociación la agenda social extraviada, y partir de ahí hablamos de quién es presidente y quién vicepresidente. Algo que también puede aplicarse a la mayor parte de los votantes socialistas, dicho sea de paso, e incluso a un buen puñado de los de Ciudadanos, también.

Hemos de suponer que la apuesta de Podemos por alcanzar el poder en tan poco tiempo era justamente para eso, para implementar reformas sociales y aliviar el sufrimiento de la población española: con vicepresidencias y ministerios se gestiona con mucha más eficacia que desde la oposición, al menos en teoría. El problema es que tanto empeño por gobernar y por sobrepasar al PSOE ha sido percibido por ese electorado renuente no como un medio para alcanzar el objetivo primordial de la transformación social del país, sino como un fin en sí mismo: el poder es el poder, que diría Cersei Lannister. En aquella rueda de prensa de la “sonrisa del destino”, mientras Pedro Sánchez despachaba con Felipe de Borbón, Pablo Iglesias propuso una serie de urgentes reformas de justicia social, que quedaron eclipsadas por su empeño en proponerse como vicepresidente y repartir ministerios. ¿Y si hubiera planteado esas medidas como inapelables para obtener el apoyo de su partido en la investidura, independientemente de si ese apoyo se fraguaba con Podemos dentro o fuera del Gobierno, con Ciudadanos o sin ellos? Muy probablemente se habría ido a nuevas elecciones de todas formas, porque el PSOE cuando gobierna no se puede permitir actuar como un partido de izquierdas, y menos asumiendo la agenda social de Podemos (de hecho, lo que hizo fue asumir en su acuerdo con Ciudadanos un programa de corte mucho más neoliberal que socialdemócrata). Y así, habríamos llegado al 26J con la percepción de que los socialistas volvían a traicionar a su electorado y de que sólo el sorpasso les podía obligar a pactar con Podemos (o bien a suicidarse entrando en coalición con el PP, con tal de evitarlo). Sin embargo, la percepción que quedó finalmente instalada en los votantes fue que Pablo Iglesias tenía un desmesurado interés por convertirse en vicepresidente y que su verdadera prioridad era el referéndum en Cataluña, y no la pobreza infantil ni el paro ni los desahucios.

El poder desgasta… sobre todo cuando no se tiene, afirmaba Giulio Andreotti. Cuando Unidos Podemos termine de preguntarse quién le ha robado la cartera donde guardaba un millón de votos, descubrirá que en realidad se la había dejado olvidada sobre la mesa, a la vista de todo el mundo.

2 Comments
  • Antonio Peña

    18 julio, 2016 at 5:08 pm Responder

    Muy bueno Agusti

  • Juan Antonio Doncel Luengo

    19 julio, 2016 at 10:37 am Responder

    En realidad, que voten a otro en vez de a ti suele ser más culpa de ti que mérito del otro, puesto que el voto, estadísticamente, es más posibilista que perfeccionista. Si entiendo ser eso lo que pone aquí, estaría de acuerdo. Luego ya las razones. De todas, me quedo con un punto de vista: el creer que el “miedo” (palabra exagerada, es decir palabra del lenguaje político) como un criterio de voto cuya consecuencia es un voto peor de lo que podría haber sido. Pienso que es un análisis posible, pero no es el que mejor informa. Porque el resultado electoral es una suma de votos idénticos entre sí, todos valen uno.

Post a Comment

*