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Gestionando la derrota

Por Javier Figueiredo.

El domingo 9 de marzo de 1986 el diario El País publicó una larga entrevista a Felipe González. Faltaban solo tres días para el referéndum sobre la permanencia de España en la Alianza Atlántica, una de las promesas con las que el PsoE había llegado al poder el 28 de octubre de 1982, con más de 10 millones de votos y un 48% de los votos que le dieron 202 escaños. El referéndum era una promesa electoral para sacar a España de la OTAN, pero el aprecio a las moquetas y los poderes tradicionales que el abogado sevillano había asimilado en apenas tres años y medio le hicieron dar un giro y defender la permanencia con unas condiciones (salida de las bases, no integración en la estructura militar y prohibición de armas nucleares) que luego se verían incumplidas.

La situación tres días antes del referéndum era complicada. Buena parte de la militancia estaba en contra del cambio de postura e incluso las juventudes socialistas de Cataluña hacían propaganda por el no. Las encuestas daban un ligero triunfo a favor de los partidarios de la salida de la OTAN pero esa entrevista, y el vergonzante apoyo de José Mª Calviño desde la única televisión existente, dieron un giro a todo. “¿Quién gestiona el no?” Felipe González lanza su órdago y plantea, especialmente a millones de votantes que le habían dado su apoyo con ilusión en 1982, que él no está para gestionar órdenes que le vengan desde abajo y en las que no cree. El tiempo nos ha demostrado que cuando las órdenes le venían desde arriba sí era capaz de obedecerlas e incluso de convertirse en el más fervoroso de los seguidores.

No he podido evitar recordar este suceso cuando he visto la partida de ajedrez que Errejón y Pablo Iglesias están librando sobre un tablero llamado Vistalegre. Dejando al margen la pusilanimidad de algunos comentarios vertidos en redes sociales en torno a esta pugna, en la que se deja entrever la existencia de un conflicto de clima y de poder que oscurece el verdadero trasfondo, el de unas grandes diferencias de estrategia y unas pequeñas –todavía– diferencias de proyecto, está claro que la actitud de Íñigo de no presentarse a Secretario General solo se explica por la seguridad que tiene de que saldría perdedor de ese duelo. Por el contrario, sabe que algunos aspectos de su propuesta organizativa podrían obtener un apoyo mayoritario de las bases, cansadas del centralismo excluyente que pusieron en marcha, entre otros, alguno de sus más fieles escuderos de la escuela sevillana. Si tan diferentes son las ideas que Errejón tiene sobre Podemos, que no ha podido transaccionar ni uno solo de los documentos (algo que sí han hecho Pablo Iglesias y Miguel Urbán-Teresa Rodríguez con respecto al feminismo), lo lógico es dar un paso adelante e intentar recabar el apoyo de las bases. Si tan diferente es tu idea, ponte al frente.

El tiempo nos dirá si Errejón solo quería poner en jaque a Pablo Iglesias o pretendía el llamado jaque pastor. De momento lo que sabemos es que Pablo Iglesias no está dispuesto a gestionar, como hizo Felipe González en 1986, unas normas y una estrategia que no sean las suyas. Si así ocurre, habrá que abrir otro debate y saber qué fue de aquello de “mandar obedeciendo”. Mientras tanto, en el mismo seno de Podemos intentan tener eco otras voces sin tanto personalismo, sin tanto enconamiento, sin tanta rencilla pusilánime. Será cuestión de escucharles y ponerse en movimiento.

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