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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Guerra ha de haber

La primera página del estudio definitivo de Hannah Arendt sobre el totalitarismo era una pequeña cita del superviviente de los campos nazis David Rousset: “Los hombres normales no saben que todo es posible”.

Desde hace más de dos años, vemos día tras día cómo el imperio de terror del movimiento político-religioso conocido como Estado Islámico gana poder y territorios. Nótese que he utilizado la palabra “movimiento”, un término típico de la ciencia política del siglo XX para definir a aquellos grupos políticos que funcionaban como lo hacen las bicicletas: necesitaban estar en constante movimiento porque si se paraban, se caían.

El Estado Islámico es la actualización de un movimiento totalitario al siglo XXI. Ahora, cuando pensábamos que el mundo había sido al fin liberado de los grandes meta-relatos totalitarios del siglo XX (nazismo, fascismo, socialismo real), cuando creímos que la primavera árabe traería democracia a los países islámicos, nos encontramos atónitos con que en un tiempo record crece ante nuestras narices un movimiento totalitario de una virulencia, una violencia y una fuerza que no se veía en el mundo desde los tiempos de la segunda guerra mundial.

El Estado Islámico (no entiendo por qué los medios occidentales se empeñan en denominarlos “autodenominado Estado Islámico”, es una infantil chifladura para no querer ver la realidad: en sus territorios, inmensos y crecientes, funcionan de facto cómo un Estado en sí) no para de crecer. Los territorios bajo su control aumentan por días. Allí donde entran, los asesinatos, las violaciones y los saqueos son cometidos en masa. Se implanta la sharia más estricta que ustedes puedan imaginar. Las mujeres son descendidas a un nivel más bajo que los animales. Las niñas son violadas y casadas con los bárbaros, sirviéndoles como esclavas sexuales. Los niños son obligados a degollar a los prisioneros capturados, para así convertir a una nueva generación en cómplice de sus crímenes contra la humanidad. Los prisioneros son, si tienen la suerte de ser hombres, ejecutados de las formas más crueles inimaginables ante cámaras funcionando en streaming de alta definición. Si tienen la desgracia de ser mujeres, las consecuencias son aún mucho peores. Por no mencionar que el patrimonio histórico es arrasado, para que conste bien profundo en las mentes de quienes les rodean que en el territorio del Estado Islámico no puede existir otra cosa que su ley del terror. Para que sepan que toda disidencia, ya sea real o imaginada, voluntaria o no, será castigada con tormentos infinitos.

Pero no es tanto el terror lo que les convierte en un movimiento totalitario. Es el uso de un meta-relato político de inspiración filosófico-religiosa para justificar su existencia, que no tiene otro fin último que someter al mundo entero: “Para que Moscú tenga el metro más hermoso del mundo sólo puede hacerse destruyendo todos los demás metros del mundo”, es decir, “para que el Estado Islámico sea el más hermoso del mundo sólo cabe destruir todos lo demás”. Es su uso de los medios de comunicación de masas para captar la atención del mundo entero para su propia propaganda. Es su uso de comisarios político-religiosos que vigilan implacables cada rincón de su territorio. Es su odio visceral a la democracia, a los judíos, a los cristianos, a los ateos, a las mujeres, a los musulmanes no fanáticos. Es su voluntad de hacer cómplices de su barbarie a todos los que viven en su territorio, por las buenas o por las malas. Es su voluntad de expansión territorial sin fin. Es su capacidad de lograr adeptos en fanáticos que van a ayudarlos y jalearlos desde todos los rincones del mundo. Es su voluntad manifiesta de reescribir la historia a su gusto, destruyendo la historia real en el proceso. Es, en definitiva, una voluntad férrea e imparable de imponer al mundo entero una ideología por medio del terror.

¿Sobrevivirán las democracias a este tercer gran desafío?

Citando el título del libro de mi amigo Agustín Lozano, guerra ha de haber.

Editorial: Samuel Grueso

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