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La imparable americanización de la política española

Una de las más evidentes aportaciones de la cultura política norteamericana a la política de nuestro país, y de los países europeos en general, es la popularización entre los partidos de una serie de técnicas y herramientas para espectacularizar la política conocidas en el mundo de la Ciencia Política como Marketing Político.

Estas técnicas han sido estudiadas, usadas y abusadas hasta el infinito por los políticos y asesores políticos norteamericanos desde antes de los años 50, pero durante décadas, los partidos españoles se resistieron a introducirlas aquí de manera profesional, quizás a causa de la falta de cultura política general remanente de los tiempos previos a la democracia.

El caso es que parejo a la creciente presidencialización de la política española, con su culmen en los años precrisis, cuando casi el 90 por 100 del voto se concentraba entre PP y PSOE, cuando sus lideres eran incuestionados e incuestionables, hemos asistido en la última década a cómo los partidos se quitaban el velo castizo, y se apuntaban a la moda mundial de americanizar sus campañas.

¿Pero qué es esto de americanizar la política? ¿Qué es esto del marketing político? Básicamente consiste en utilizar elementos provenientes del mundo de marketing comercial para convertir a un simple candidato en un Presidente, para implantar en la mente de los votantes la idea de que una persona está lista para dirigir el país, implantar la llamada imagen presidencial en la mente de los votantes.

La idea central del asunto es que el mayor número de personas puedan verse identificadas con el candidato, de tal manera que le sientan como “su candidato”. Para el norteamericano medio, el candidato ideal debe ser una persona madura, con experiencia en gestión política y a ser posible, empresarial, de y con una familia “tradicional” (marido, mujer y niños), patriota, inteligente, con sentido de Estado pero con gran humanidad y compasión, y en general, políticamente lo que podríamos llamar una persona de centro moderada.

Por esta razón, los candidatos muchas veces parecen estar todos cortados por el mismo patrón: hombres de edad madura en trajes elegantes acompañados de su familia, siempre sonriendo y saludando, patriotismo exagerado en forma de banderas, pines, chapas y toda clase de objetos de usar y tirar con el logo del candidato y del partido, eslóganes con gancho, mítines de apariencia espectacular, música motivadora, confeti de colores, … Todo milimétricamente diseñado para convertir la imagen política en un espectáculo, con el candidato como centro del mismo sobre el que gira el asunto.

La bandera gigante de Sánchez no es más que una pequeña muestra de hasta qué punto en los últimos tiempos hemos americanizado nuestra política. Desde el “Yes we can” españolizado en “sí se puede”, pasando por los cada vez más comunes debates electorales a varias bandas, la popularización de las elecciones primarias, la campaña Mob de Monago, los izados de bandera con himno de Mas, el “I have a dream” de Rivera y hasta el propio nombre de “Podemos”, el marketing político norteamericano ha llegado con fuerza a nuestro país, por lo que mi consejo es que se acomoden en sus sillones y disfruten del mayor espectáculo del mundo.

Texto: Samuel Grueso

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