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La imposición del trilingüismo

Por Alicia Galisteo.

La entrada a la Unión Europea en 1986 supuso para España adaptarse a un mundo nuevo, en la que los españoles debíamos inyectarnos en vena ese espíritu europeo, moderno y  el sentirnos ciudadanos de un lugar llamado mundo, sin fronteras y con la ilusión de un progreso infinito tras la caída del muro de Berlín.

El ímpetu de la clase política española, que nunca se planteó la realización de políticas a largo plazo, y  la inmediatez impuesta por el consumismo crea al partido político como producto cuyas políticas no pueden llegar a su fecha de caducidad.

Su consecuencia más desgraciada de esta forma de implementación de políticas, la podemos ver  en uno de los pilares del Estado del Bienestar,  la educación. Los políticos se llenan la boca diciendo que en su Comunidad Autónoma cada vez hay más colegios bilingües y, en este último año, hasta trilingües en nuestra Comunidad Autónoma.

Este hecho que puede quedar tan bonito en una rueda de prensa o cómo un argumento de peso en la apuesta por una educación pública está creando analfabetos de nuestro propio idioma. Creyéndome defensora a ultranza del aprendizaje de idiomas desde la más tierna infancia creo que debe seguir unos pasos pedagógicos y coherentes en la puesta en marcha de estas medidas para que la adaptación de los niños no sea un auténtico fracaso. Esto, por desgracia, está lejos de ocurrir ya que estas medidas parecen que solo buscan el rédito electoral.

Los andaluces que siempre debemos mirar el informe PISA al revés para vernos en los primeros puestos, tenemos que ser conscientes de la  sociedad en la que vivimos, la cual  ha avanzado en las últimas décadas, pero la desigualdad sigue siendo latente y a la vez un gran lastre complicado de hacer desaparecer y con el que la clase política debe lidiar a la hora de tomar decisiones sobre sus políticas públicas.

Tras esto, sólo queda acordarse de los maestros y profesores que luchan día a día para que sus alumnos mejoren, los que pasan las tardes corrigiendo intentando no sacarse los ojos (al ver que las faltas de ortografía son su pan de cada día) y los que aún esperan en sus casas la ansiada llamada de destino para llevar a cabo su pasión por enseñar y cómo no acordarse de las verdaderas víctimas de las políticas cortoplacistas imperantes en nuestro sistema político, los estudiantes de los diferentes niveles educativos, en ellos recae el peso de la mediocridad política de nuestro país.

Au revoir.

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