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Lo valiente es comprender

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Lo valiente es comprender

Por Fidel Martínez. 

Varios millones de víctimas han demostrado ser insuficientes para que la mayor parte de la sociedad actual sea plenamente consciente de lo que un acontecimiento único y singular puede significar para la historia de la civilización occidental, o lo que es lo mismo, ni siquiera en lo cuantitativo ha logrado el holocausto imponer la terrible veracidad de su evidencia como hecho trascendental para el mundo actual. Un mundo que es a todas luces, y nunca mejor dicho, su producto.

Porque el presente en el que vivimos no es otra cosa que el resultado de las causas y las lógicas que hallaron su culminación en este hecho que encontró su aparente final hace ya más de sesenta años. Un espacio temporal irrisorio si lo comparamos con el que nos separa de otros sucesos señalados de la historia del ser humano de occidente, pues no dejemos de olvidar que se trata de nuestra historia, concebida y relatada desde nuestro particular punto de vista.

Los indicios y las evidencias están por todas partes, desde la constante amenaza nuclear, al sistema económico socialmente impuesto, pasando por el deterioro del planeta y la incesante y carente falta de escrúpulos en la explotación de sus recursos para terminar, al menos en este breve aserto, con la reciente polémica de los campos de refugiados sirios impuestos por la Unión Europea y que recuerdan a los campos de concentración en los que cientos de miles de prisioneros fueron recluidos por los nazis durante la II Guerra Mundial.

Desde entonces el fenómeno nazi y lo que lo rodea se ha convertido en un objeto de merchandising y consumo, en un reclamo mediático totalmente absorbido por la actual industria del entretenimiento que ha sido reducido hasta lo maniqueo, provocando el hartazgo y el rechazo de muchas personas que comienzan a verlo como parte del imaginario popular y lejos de la controversia y complejidad que mantiene como hecho histórico real.

Todos estamos cansados de los nazis y de los judíos, porque al fin y al cabo, dicen algunos, los judíos de hoy han demostrado ser tan humanos, o inhumanos, según se quiera ver, como los nazis que tanto se obcecaron en erradicarlos. Siguiendo esa misma lógica pero en sentido inverso, los españoles de hoy deberíamos pagar por el mal que nuestros pasados infringieron a la población indígena de tierras sudamericanas en sus pasadas conquistas. Pero cualquiera en su sano juicio es consciente de lo absurdo de ese planteamiento.

Condenamos al español de ahora por los crímenes perpetrados por sus antepasados, y condenamos al judío de antes por los que comete el judío de ahora, como si el judío europeo de mediados del siglo XX fuese el judío israelí del siglo XXI. De esto último me atemoriza creer que quien piensa así lo haga motivado por la idea consciente o inconsciente de que todos los judíos son iguales. Conclusión terrible pues sería sin duda alguna heredera de esa lógica que los condenó al exterminio. Son éstas condenas realizadas de una manera gratuita, mediatizada, impelidas por esa inercia que es producto de la irreflexión.

Dice el filósofo Rafael Argullol que para no reincidir en la caída no basta con condenar y que lo valiente es comprender. Yo diría incluso que para condenar es necesario comprender. Porque comprender, al fin y al cabo, es la única forma de frenar esa inercia.

Porque condenar es fácil, sólo requiere de nuestro disgusto, de nuestro malestar, porque de una manera rápida sosiega nuestra conciencia y nos priva del compromiso que supone la condena real de una causa injusta, y que pasa inevitablemente por comprender, ya que condenar sin comprender sigue constatando lo que el holocausto dejó en evidencia: una derrota en el terreno de la moral y de la ética y un triunfo en la imposición del silencio y el rechazo a un pasado que ha sido desprovisto de toda su carga filosófica y pedagógica. Nos dicen que el pasado no instruye, que es sólo un listado de hechos anecdóticos que confirman lo que muchos quieren creer, la inevitable ambigüedad que radica en la naturaleza humana y su inevitable y trágico final como especie. Una crónica que constata la lucha sempiterna del hombre, en un sentido patriarcal, por el poder constituido a través del despliegue de la violencia y cuyo efecto colateral e inevitable es el rastro interminable de víctimas que deja a su paso.

Frente a la facilidad de condenar se impone la dificultad de comprender. De comprender que más que los conflictos quienes importan son las víctimas. Unas víctimas que no deben ser discriminadas por su pertenencia a una clase social, religión o ideología determinada. Tampoco por hallarse situadas en el presente o en el pasado. Porque todas las víctimas, por el hecho de haber sido seres humanos, poseen derechos y éstos no caducan con el paso del tiempo.

Y una voluntad de compromiso real con ellas comienza por rechazar las apariencias, por ir más allá del estereotipo, en no ceñirnos a nuestro espacio y tiempo, porque comprender es encaminarse al origen, y el origen de los males que padecemos hoy en día se encuentra en el exterminio de los judíos europeos llevado a cabo durante la II Guerra Mundial. Negarse a aceptar este hecho no es sólo negar la singularidad de este acontecimiento de barbarie y horror único e inigualable, producto de un modo de pensar que sigue incidiendo en nuestra manera de concebir la política, la economía o la filosofía, sino ante todo negar que el valor de las víctimas pasadas es el mismo que el de las víctimas presentes.

Si únicamente prestamos atención al presente, tan sólo obtendremos una imagen parcial e incompleta de unos hechos que están irremediablemente unidos entre sí: las limpiezas étnicas de hoy son las limpiezas étnicas de ayer, y serán las limpiezas étnicas de mañana. Lo paradójico de la situación actual radica en que para poder atisbar el abismo al que al parecer estamos irremediablemente abocados, debemos entonces mirar hacia atrás en lugar de hacia delante.

En contra de lo que reza el dicho, para comprender con pocas palabras no basta y requiere de un esfuerzo que no todos están dispuestos a realizar, sobre todo porque implicaría adquirir una percepción de la realidad que no comulga con la convencionalmente establecida. Sin embargo, comprender es la única manera de no incurrir nuevamente en los errores del pasado y de hacer justicia a quienes han sido silenciados. Al final se trata de comprender el presente a través del pasado para garantizar el futuro.

Ver obra de Fidel Martínez Cómic: Fuga de la muerte

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