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Los intocables de Albert Rivera

Por Agustín L de la Cruz

«Hay quien cambia de partido para defender sus principios, y hay quien cambia de principios para defender su partido»

La cita es de Winston Churchill, y aparece en la serie danesa Borgen, en boca de la dirigente del Partido Moderado, un partido político ficticio en torno al cual gira la serie, y que guarda notables semejanzas con Ciudadanos en España. Cuántos votantes y militantes de IU y del PSOE se han pasado a Podemos para mejor defender sus principios, cuántos votantes y militantes  del PSOE han permanecido fieles a sus siglas a lo largo de las últimas décadas a riesgo de cambiar de principios: si bien es verdad que la cita en cuestión nos podría servir para analizar casi todo lo ocurrido recientemente en la política española, vamos a centrarnos, nunca mejor dicho, en la formación de Albert Rivera.

Se está produciendo una cierta fuga de votos y cargos desde el PP hacia C’s (algunos llevan tanto tiempo viajando al centro que provienen de Alianza Popular, caso del portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Badajoz), y en buena medida se podría afirmar que este trasvase responde a la necesidad de cambiar de partido para seguir defendiendo los mismos principios, ya que resulta muy complicado mantener los principios en un organismo tan invadido por la corrupción como el Partido Popular. Ahora bien, ¿realmente consigue Ciudadanos su propósito de desarrollar una política liberal-conservadora y, al mismo tiempo, combatir la corrupción tan severamente como predica? En la práctica, C’s ha permitido con su apoyo la continuidad del PSOE en el gobierno de Andalucía, núcleo de la corrupción socialista, y la del PP en la Comunidad de Madrid, núcleo de la corrupción popular además de Valencia. Y lo más llamativo es que Ciudadanos ha fiado dichos apoyos a la ausencia de imputados en las filas de uno y otro partido, nada más. ¿Eso es todo? Estaría bueno que los imputados pudieran seguir campando a sus anchas: como medida anticorrupción para un partido que hace bandera de ella, suena un poco a chiste.

De la misma forma, Albert Rivera, tras las elecciones generales, corrió a declararse sostén de la continuidad del PP en el gobierno, insinuando apenas que le bastaría con la renuncia de Rajoy y el paso al frente de otro dirigente popular para garantizarles su apoyo en la investidura. Más allá de la acción de la justicia, siempre tan llena de dificultades, ¿no sería mejor procurar el paso a la oposición de los corruptos para que allí depuren sus responsabilidades y sus malas artes? Desde luego, parece mucho más efectivo que limitarse a un simple cambio de caras, y permitir que las prácticas delictivas sigan instaladas en el funcionamiento estructural de los viejos partidos.

En realidad, Ciudadanos podría haber ido mucho más allá: podría haber actuado como UPyD, partido al que han sustituido en el espectro político español y del que han tomado muchos votantes y algún que otro dirigente, como el simpar Toni Cantó. Para otro día dejaremos el curioso caso de Irene Lozano, antigua adalid de la lucha contra la corrupción, especialmente la del PSOE en Andalucía, ahora parlamentaria socialista: además de cambiar de partido también ha cambiado de principios. La cuestión es que, durante las dos últimas legislaturas, UPyD no sólo ejerció de firme oposición, sino que persiguió activamente y denunció toda clase de casos de corrupción que afectaban a PP y PSOE. Lejos de hacer lo mismo, C’s se limita a sustentar al bipartidismo allá donde lo necesita. Al final, va a resultar que los intocables de Albert Rivera no son sus propios “ciudadanos”, sino los corruptos a quienes con tanto empeño iba a perseguir.

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