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Día de la mujer: testimonio de una mala madre

Soy madre, y eso me ocupa intelectualmente por completo desde hace años. El último post que escribí en Politocracia.es de octubre de 2016, sirva como ejemplo.

Estamos criando dos niñas y un niño, y una de las cosas que quiero que vean es que tienen padre y madre, que les quieren y se emocionan con ellos por igual, que la inversión de tiempo que supone criarles es idéntica en los dos, que su madre y su padre se esfuerzan por tener una familia igualitaria y que el 8 de marzo lo celebramos juntos. Esto cuesta mucho ponerlo en práctica, porque a los hombres se les ha enseñado a no criar y a las madres a hacerlo, con la consiguiente pérdida para las dos partes, por cierto.

Tratamos de no pasar ninguna de las muchas ocasiones en que el machismo aflora sin aclararles que se trata de un comportamiento, comentario o expresión de lo injusto y de lo falso. No voy a referirme a la situación que las mujeres tenemos en el mundo respecto de los hombres, basta para eso con asomarse al periódico cada día. Pero sí diré cómo me siento cuando lo leo, veo, oigo o sufro. Siento, sobre todo, sorpresa. Porque me sobrepasa que los hombres (algunos o muchos) sean tan malos, es decir tan egoístas, tan irrespetuosos, tan agresores, tan confiados de que lo que tienen les pertenece. Y sorpresa también porque haya mujeres (algunas o muchas) tan conformistas, tan sumisas, tan agredidas, tan confiadas de que lo que tienen es suficiente o, sorpresa mayúscula, lo mismo que los hombres.

 

¿Qué podemos hacer para conseguir una sociedad igualitaria?

Podemos seguirnos esforzando por comportarnos como iguales, podemos seguir señalando lo que no tiene otra justificación que el patriarcado y podemos insistir cada día, varias veces al día, en que es crucial que identifiquen lo que no es justo para que no se sometan. No sé si alguna de mis hijas se acordará cuando crezcan de que un día les hice una trenza o les puse el termómetro. Pero, sin duda, prefiero que recuerden que su madre no se cansó de decirles que nadie tiene derecho de apropiarse de ellas, ni de su trabajo, ni de su tiempo ni de su vida. Estaría del todo satisfecha si fueran, se sintieran y se comportaran como libres, iguales y, ni qué decir tiene, vivas.

Por María Lanzas

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