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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Malos tiempos para la justicia

Que la justicia es cara y lenta desde hace mucho tiempo lo saben hasta los burros. Que sea injusta nos cuesta más aceptarlo, pero parece que la realidad es tozuda y no nos deja margen para el bien pensar.

Cada vez hay más trasiego de jueces y juezas (de la mano del potente Consejo General del Poder Judicial, que el poder que tiene lo explota convenientemente) que amenazan casos importantísimos y mediatiquísimos de corrupción (por ejemplo), algunos jueces y juezas tienen miedo de hacer bien su trabajo por las consecuencias que pueda tener en su carrera y en su vida un traslado, por poner un poner, otros en cambio se creen a salvo de todo.

Las tasas judiciales alejan a la ciudadanía de la resolución judicial de conflictos, que por más que se empeñen en vendernos lo contrario para que se forren profesionales de toda índole pero sobre todo de índole privada, es la forma más civilizada que se conoce de hacerlo CONFORME A LA LEY, no nos olvidemos.

Y ahora tenemos la figura de los “fiscal-star”: ha llegado su momento, nadie les ha hecho caso nunca pero han conseguido salir a la palestra a fuerza de exabruptos jurídicos, con el superéxito de titulares del caso de la Infanta, a la que defienden a capa y espada igualito que si cobraran las astronómicas sumas de dinero que cobrará su abogado-padre-de-la-constitución.

De forma que si tienes un problema auténtico, uno grande, de los que antes eran para pensar “esto lo resuelvo yo en el juzgado”… cuenta hasta diez. Relájate, piensa bien qué vas a hacer, y calcula si lo que más te conviene es presentar la denuncia o soltar un mamporro a tu fuente de conflictos. O a ver si lo más conveniente va a ser la combinación de las dos: ir al juzgado a soltar un mamporro.

Así están las cosas de malamente, que nos arrancan por bulerías desde por la mañana temprano. Qué penita.

Editorial: María Lanzas.

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