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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Nuestro escándalo, la mayor vergüenza

Por Patricia Ruiz Rustarazo.


Escándalos a grandes titulares copan portadas, telediarios y dirigen las tertulias de bares y debates llamados políticos. Incluso en la nueva gran conversación que son las redes sociales, leo con una continuidad ininterrumpida sobresaltos de unos y otros a bocanadas de indignación, como si el mundo se acabara. Y detrás de todo eso suele haber historias confusas, pequeños cambios sin importancia, campañas de difamación y mucho interés. ¿Recuerdan, por ejemplo, aquello de ‘miente que algo queda’? Deberíamos ser conscientes. Pero nos enredamos. Eso, primero, aburre; luego, indigna, incluso arranca alguna sonrisa, no sé si histérica o de resignación; y, finalmente, avergüenza. No defiendo yo aquí a un partido u otro, aunque muchos sólo por esta reflexión querrán meterme en algún saco. Pero esta absurda y oportunista lupa sobre los que llegan, esta constante demonización de los nuevos, es cínica y perversa. Y nos distrae.

La actualidad refleja un Gobierno en funciones incapaz, una alternativa liderada por un partido socialista, desbordado, y un grupo de izquierdas enrocado e irremediablemente atomizado; pero las críticas se quedan en una imagen de los representantes sindicales mirando el móvil. La actualidad pasa hoy por una infanta en el banquillo, una infanta que sigue perteneciendo a una monarquía más que cuestionable y que, sin embargo, continua impoluta y ganando adeptos por el aupado buensaber del nuevo Felipe, mientras que las críticas se dirigen a un Iglesias que se presenta en camisa ante él.

Se esconde, la actualidad se esconde a pesar de acumular tantas vergüenzas, porque no aparecen en titulares, porque no son vendibles, porque no interesa a un bando o a otro. Y entre esa maraña deja de importar lo que nos une, lo esencial. Es así como nuestro escándalo acaba siendo la mayor de las vergüenzas: pobreza, paro, corrupción, olvido histórico, machismo, inmigración, refugiados, desigualdad, discriminación… Pero el ‘esto es inadmisible’ sólo explota por unos títeres de teatro y unos reyes sin glamour.

En el fondo, y en la forma, hay un periodismo que también es culpable. Está herido, es interesado y ha dejado de ser un pilar básico para el ciudadano. Escasea ese periodismo incómodo que escudriñe lo que importa para cambiar el rumbo. Ya lo decía con maestría Olga Rodríguez “son tiempos que requieren compromiso y no silencio”. Ahí, la esencia: “No es tratar la información como mera mercancía, sino como un derecho fundamental de las sociedades libres y democráticas, teniendo presente la responsabilidad social del periodismo y deseando contribuir con él a provocar ‘algún tipo de cambio y a remover conciencias’, como dijo el maestro Kapuscinsky”.

Que algo cambie depende también de cómo el ciudadano opine, de cómo se deje influir, de dónde ponga sus límites. Y de cómo nos informemos. Nos jugamos mucho más que la vergüenza.

Este artículo también se puede leer en: www.linkterna.com

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