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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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P.I.G.S, crónica de una austeridad anunciada

Hace más de 7 años, los países que sufrieron con mayor virulencia la crisis económica, es decir, Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y España (llamados despectivamente por ciertos grupos neoliberales como los países P.I.G.S –los cerdos-) fueron sometidos, por las buenas y por las malas, a una nueva forma de sistema de gestión conocida comúnmente como “austeridad”, que coincidía ideológicamente con el llamado neoliberalismo económico.

Esta austeridad, impuesta a fuego por los miembros de la Comisión Europea, del Banco Central Europeo y del Fondo Monetario Internacional, unidos en una comisión conjunta con el nombre nada halagüeño de origen soviético Troika, “recetaban” (para hacer entender que las economías de los países del sur estaban “enfermas”) una serie de actuaciones que urgían al desmantelamiento del Estado de Bienestar, primero en sus políticas sociales orbitantes (dependencia, ayudas a grupos con problemas sociales), y más adelante a sus mismos pilares (básicamente desmantelamiento y privatización de la sanidad y la educación públicas).

A cambio de esos recortes, prometían ayuda financiera para que esos países pudieran “tapar sus agujeros” económicos (bancos con cuentas falsificadas, estados con cuentas falsificadas, prestaciones para las masas humanas que caían víctimas de un desempleo masivo…), siempre bajo su atenta supervisión para que el dinero se gastase en lo que quienes lo prestaban decían, y con la obligación de devolver esos préstamos más una altísima tasa de interés (a veces, superior al 10%). Los estados del sur se vieron forzados por las buenas (como España aceptó hacer bajo Zapatero y Rajoy) o por las malas (como Italia con el golpe a Berlusconi o Grecia bajo todos sus gobiernos incluido Syriza) a aceptar los términos de esos préstamos con intereses desorbitantes dignos del mejor usurero, poniendo como garantía de devolución a sus propios Estados de Bienestar.

De esta manera se entró en una locura colectiva de recortes. Bien por la poca inteligencia en el  uso del dinero prestado (¿Recuerdan el llamado Plan E que dedicó ingentes cantidades de dinero a quitar aceras para volverlas a poner? ¿Recuerdan esos bancos a los que se inyectaron miles de millones de dinero público que jamás han devuelto mientras sus directivos tienen sueldos millonarios?), bien porque los recortes en diversos sectores tenían como consecuencia directa la pérdida de capacidad adquisitiva de grandes masas de población, lo cierto es que durante casi 5 años más, esas llamadas “recetas económicas” no sólo no parecían hacer bien a las economías, sino que al revés, parecían deprimirlas más y más.

De una pequeña crisis se pasó a una gran crisis. Las economías del sur entraron en un círculo vicioso de recortes y hundimiento económico sin fin aparente, con consecuencias dramáticas para enormes capas de la población que se vieron arrojadas al desempleo, a la pérdida de ayudas, al desposeimiento de sus hogares y a la pérdida de gran parte de sus derechos adquiridos a la sanidad (se negó asistencia a los inmigrantes, se estableció el copago, se les retiró el derecho a asistencia a los jóvenes que emigraban, o que no habían podido encontrar trabajo…) o la educación (se multiplicó el precio de los precios públicos a la educación, se favoreció la educación privada, se endurecieron los requisitos para obtener ayudas…). Todo esto ocurría ante la mirada impasible, incluso complacida, de la Troika, y de los países más proausteridad como Alemania, que curiosamente aplicaba en su país recetas contrarias a las que imponía a los demás: elevación del gasto público.

La misma receta tuvo resultados dispares. Mientras Grecia entró en una espiral sin fin de hundimiento de su economía, Irlanda salía de la crisis (impulsada por una nueva reforma fiscal de fraude legal a gran escala, consistente en que las multinacionales europeas trasladaron allí su residencia fiscal, simulando que cada compra que usted hace en otros países europeos es realizada allí, y pagando por ello impuestos allí, por supuesto, mucho menores que en los demás países), Portugal sigue estancada después de haber liquidado gran parte de su Estado de Bienestar, y España, que después de una reforma radical de su mercado de trabajo, que sin duda facilitó las cosas a las grandes empresas y se las complicó a las pequeñas, y de recortar gran parte del gasto público, parece estar creciendo ligeramente.

Por supuesto, todo esto son datos macroeconómicos. Número en gráficas. Otras fuentes menos técnicas, tales como Caritas, han demostrado que mientras el número de personas pobres en España se ha disparado (1 de cada 3 niños españoles está hoy bajo el umbral de la pobreza), sin embargo, el número de ricos millonarios se ha disparado más de un 40% desde el inicio de la crisis. La clase media, pilar de cualquier estado desarrollado, ha disminuido sensiblemente.

La pregunta que yo me planteo entonces es la siguiente. Si las consecuencias han sido malas para la mayoría de la población, y beneficiosas para la minoría, ¿dónde está entonces el éxito de las políticas impuestas a los países del sur? ¿Significa eso que porque se haya permitido a la mayoría conservar algo de una hipotética posibilidad de perderlo todo, estas recetas han sido un éxito?

Y amplio mi pregunta. ¿La salida de la crisis no estará siendo, cómo todos los datos parecen indicar, a pesar de la austeridad?

Editorial: Samuel Grueso

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