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Lo mejor que podíamos hacer, dadas las circunsatancias, era una revolución

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Pedro Sánchez, blanco nuclear

Por Juan Antonio Doncel.

Un guapo político no es lo mismo que un político guapo. En el primer caso se trata de un modelo que se mete en política, en el segundo de un político que es guapo. Lo que pasa es que una cosa es que la belleza tenga réditos políticos y otra indagar a qué nos referimos con eso. Qué belleza, es decir qué rasgos de la imagen de un candidato y de su personalidad general no de su condición política), producen estímulo en la clientela política, activación en el interruptor del voto. Curiosamente, desde que los políticos especiales han intentado presentarse como personas normales lo que ha ocurrido es que personas normales han copado los principales puestos políticos. Lo cual es decepcionante por lo menos para los que creemos que no todos tenemos la misma responsabilidad social pues no todos tenemos la misma capacidad para influir en la configuración social. Que esperábamos que los más altos políticos fueran brillantes y especialmente dotados para las decisiones políticas.

Es en mi opinión el caso de Pedro Sánchez, prototipo de persona normal, bien guapo eso sí, metida en política: lo que recuerdo de él es su impresionante fachada, lo bien que le sienta el blanco de sus innumerables camisas blancas, cómo mira, como domina el espacio y el contacto visual. De su marca, de sus propuestas, de sus actuaciones, apenas recuerdo lo que él dice que representa, lo que él dice que propone, lo que él dice que hace,  pero no lo que representa, lo que propone o lo que hace. Creo que se trata de una persona que puede aportar a cualquier colectivo al que se asocie. De ahí a imaginarlo Presidente del Gobierno pues hay eso, mucha imaginación.

Eso sí, aceptemos pulpo. Porque ser el candidato del PSOE no debe ser plato de gusto ni moco de pavo ni la ilusión soñada hecha realidad, salvo que seas una persona normal guapa, caso de Pedro Sánchez, en cuyo caso pues chuli sí que es. Pero el gran problema de Pedro es su partido, perdido como en toda la Europa pos Tony Blair cuyo clímax es el PASOK. Desubicado, incapaz de articular ofertas para las nuevas demandas. Un partido magnífico para grandes coaliciones en las que no sea el principal, claro. Un partido clásico en un mundo indeterminado o, como dijo Miguel Delibes, un mundo que agoniza. Y qué  alternativa interna, pela mare de Deu, más normalidad aún.

El imperio de los normales. Blanco nuclear. Pues blanco, sí, y en botella.

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