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El precio de la verdad

“A la violación de las masas, a las que el fascismo obliga a ponerse de rodillas en el culto al líder, le corresponde la violación de un conjunto de aparatos que el fascismo pone al servicio de la producción de valores de culto.”

La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica (1936, Walter Benjamin)

Reporteros Sin Fronteras

En su último informe anual, publicado en febrero, la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) hace resumen de la labor periodística en el mundo durante el pasado 2017.

De él se desprenden las siguientes conclusiones. En el ámbito internacional Asia es el continente más letal y represor, donde China se sitúa como el país con el mayor número de periodistas encarcelados, seguido desde muy cerca por la Turquía de Erdogan. México es el lugar donde más asesinatos a periodistas se siguen sucediendo y en regiones de Oriente Medio como Siria, Irak, Yemen o Libia son a día de hoy auténticos agujeros negros informativos debido al paulatino abandono de profesionales ante el peligro que supone desempeñar su labor en estas zonas de conflicto.

 

informe reporteros sin fronteras Asia

 

 

Aquí, en Europa, donde parece que las garantías democráticas aseguran el libre ejercicio del periodismo, se ha constatado, por contra, un deterioro de la libertad para informar y una presión sobre los medios y los informadores que se desempeñan en ellos.En España encontramos un ejemplo práctico en el reciente problema catalán, que ha enfrentado al Estado español y a parte del sector político de la región por el control de Cataluña.

 

 

informe reporteros sin fronteras Europa

 

La verdad al servicio de los intereses de los poderes fácticos

A esto añadiría, en términos generales, el ruido mediático y la uniformización de la información ofrecida por los grandes medios de comunicación, con el consiguiente empobrecimiento cuantitativo y cualitativo de las noticias. Un hecho, este último, que se debe a la necesidad de los poderes fácticos por difundir un estatus ideológico que sirva a sus intereses, en contraste con unos profesionales que se esfuerzan y luchan por mantener vigente un periodismo ético y de rigor.

Lo cual no es de extrañar, si atendemos al uso manipulativo que tempranamente se le dio a los nuevos medios de comunicación de masas por los fascismos y totalitarismos de principios del siglo XX, como supo analizar Walter Benjamin en su ensayo “La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica”, y del que tomaron buena nota los estados democráticos vencedores de la II Guerra Mundial. Tan sólo el poder compensatorio que supone el ejercicio de una labor periodística realizada con garantías, impide que la balanza que rige la precaria estabilidad mundial se incline irremediablemente hacia un único lado, el de los poderosos. Si no es así, que se lo digan a los EE.UU. a los que una prensa comprometida puso a la opinión pública del país en contra de la actuación gubernamental durante la guerra de Vietnam.

Verdad a cambio de seguridad

Pero la triste realidad es que mientras unos pierden la vida por entregarnos la verdad, muchos de nosotros tan sólo nos preocupamos por ver respaldadas nuestras ideas y razones en los titulares de periódicos e informativos. Una misma noticia es ofrecida desde diversos sesgos ideológicos y el lector o telespectador, según sea el caso, tan sólo está interesado en aquella que coincide con el suyo propio. Al envilecimiento del hecho informativo se suma el desinterés por la realidad fáctica de quien lo consume, en un momento en el que la información es una mercancía más cuyo valor en alza está firmemente sujeto a las mecánicas que rigen el capitalismo tardío.

El por qué el público desdeña la verdad en favor de, digámoslo así, una “mentira unilateral”, puede deberse entre otros diversos motivos al esfuerzo que supone, por un lado, reconocer la razón de otros y consecuentemente la propia equivocación, y por otro el miedo que de un modo casi endémico ha comenzado a extenderse y a apoderarse de gran parte del mundo occidental desde que el terrorismo yihadista hizo acto de presencia aquel ya histórico 11 de septiembre de 2001. Ese miedo es cómplice de políticas que socavan libertades fundamentales como la de expresión, representada aquí por el sector periodístico, como justificación a una garantía de seguridad que corre a cuenta del estado.

En palabras de Hannah Arendt

Decía Alfonso Armada, presidente de RSF, durante el acto de presentación del informe anual, parafraseando a la filósofa alemana de origen judío y superviviente del nazismo, Hannah Arendt, que “el hombre que dice la verdad pone su vida en peligro”.

Si queremos que esa verdad sea efectiva y que el sacrificio efectuado por aquellos que nos la entregan no quede en un acto vacío de sentido, también debemos afirmar que quienes recibimos dicha verdad hemos de participar de ese peligro, y esto es cuanto menos ser conscientes del coste del mantenimiento de una serie de libertades que nunca se nos dijeron gratuitas.

Por Fidel Martínez

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