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Qué es el feminismo: Alza la malla

Como profesor, me enrollo: la Humanidad es una constante evolución, un perpetuum mobile, pero tal constante in progress  se jalona por hitos con los que luego explicamos la Historia.  Y cada inflexión consta de una tríada característica: innovación tecnológica, actividad intelectual y la acción social. Así, el gran evento político que inauguró la Edad Contemporánea, la Revolución Francesa, se vio precedido por la gran maravilla tecnológica renacentista y por la actividad, valiente y decidida de una panoplia de pensadores como no se había visto desde la antigua Grecia: Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Locke, etcétera. Y así se pasó de la magia prerracional al iluminismo racionalista. Y el mundo no volvió a ser igual, desasido ya de superstición, laico, libre, igual, fraterno. Luego, durante el siglo XIX, llegó el movimiento obrero. Luego, durante el XX, el sangriento enfrentamiento entre las democracias liberales y los totalitarismos estalinista y fascista. Y ahora, en el siglo XXI, tenemos ya bien avanzada una modificación del universo que nos dejará absolutamente diferentes: el feminismo.

Qué es y qué no es el feminismo

¿Qué es el feminismo? No me parece ni discutible ni innecesario dejar claro que el feminismo es una ideología,  y que lo es reactiva: contra el machismo. Que además es un movimiento, y que lo es subversivo. Y que es un producto intelectual, no es una característica sexual. De manera que el adversario a batir por el feminismo no es el hombre, puesto que el feminismo no es la mujer. El enemigo del feminismo es el machismo, una ideología de segmentación social que hunde sus orígenes en las raíces de la misma existencia humana. Y que como toda ideología dominante, ha pasado a ser predominante, es decir a obtener el estatus de normalidad que le transfiere duración, estabilidad, naturalidad, y que permite etiquetar toda oposición  como subversiva, radical, revolucionaria.

Claro, guapi, el feminismo no es pomada, no es adaptación, es ruptura. Y claro que es amplio (general, extendido, pretendiente de una modificación social tan intensa que no cabe imaginar un liderazgo eclesiástico, una corporación de sacerdotisas de la nueva ideología, sino justo al revés, un amplísimo abanico de concepciones, propuestas, soluciones, con un identificadísimo objetivo a batir: el machismo y el régimen sociocultural derivado de él, el patriarcado)

A partir de aquí, es pura ciencia ficción imaginar cuáles van a ser los derroteros concretos por los que va a circular el enfrentamiento machismo vs feminismo. Yo me atrevo a aventurar una hipótesis parangonable con esa tríada descrita en la introducción pensamiento/tecnología/movimiento social. A la efervescencia y creatividad que son consustanciales a la naturaleza humana, a la filosofía, la cultura, la ciencia, el arte feministas se le sumarán avances tecnológicos que replantearán la vida cotidiana, pero también la misma concepción de lo que hoy llamamos vida. Igual que el gran evento científico del siglo XX, para mí, no fueron la energía nuclear ni la aviación ni las tecnologías de la información ni las vacunas ni antibióticos, no, sino los anticonceptivos, yo creo que el desarrollo científico general nos llevará, ya, bastante en breve, a la gestación extrauterina, con lo que las polémicas actuales sobre vientres de alquiler, sobre descenso demográfico, sobre conciliación, etcétera etcétera, se verán claramente  afectadas. Y sobre todo ello se librará una batalla clásica de la historia del poder: la del que lo detenta con base en presupuestos ya caducos pero todavía con los instrumentos de control en la mano contra el que lo pretende con la razón y la justicia que le proporcionarán lo demás.

Guerra al machismo

Así que, querid@s, sí, el feminismo está en pie de guerra contra el machismo. Corresponde a cada un@ de nosotros escoger bando. Podemos hacerlo por unas u otras razones, pero yo quiero  aportar alguna para que escojáis el feminista: porque es justo, porque es liberador, porque es productor de felicidad. Y sigo atreviéndome:  y porque no se trata, en realidad, de la igualdad entre hombres y mujeres, pues tal no es más que una etapa. Se trata, al final, de la destrucción del género (masculino versus femenino, o sea masculino sobre femenino, encima de, dominador de)1 como criterio de ordenación social, fruto del que ni desaparecerán los hombres ni las mujeres, pero sí habrán de desaparecer la masculinidad y la femineidad en pro de la más omnicomprensiva humanidad. No se me alarmen, que sabido es que, en taxonomía biológica, género es anterior a especie. Que el ser humano es la especie, y que articularla en dos géneros es lo artificioso, lo innecesario e inconveniente incluso. Es evidente que vamos a vivir, hasta llegar a tan feliz final, muchas sangre, sudor y lágrimas. Es evidente, pero nos corresponde a cada un@ de nosotr@s escoger dónde vamos a estar, por qué y cómo. Qué podemos hacer, qué haremos. Y, concretamente, qué responsabilidad tendremos por lo que hagamos y por lo que no. Qué beneficios conservaremos, qué precios pagaremos.

Tengo un hijo y dos hijas y no estoy dispuesto a asistir impávido a la consagración de otra generación de machistas (él y ellas) que alargue esta agonía de sufrimiento y violencia, de infelicidad de todos y todas. Tengo el querer, pero también el deber, de cambiar todo para que todo sea diferente. Tengo mucho que hacer, porque la tarea abarca a todo. A TODO. Pero el premio es un mundo justo, un mundo nuevo, un mundo feliz.

Así que, como en el juego de mi infancia llamado Alza la malla, una suerte de a coger con almacén de prisioneros que podía liberarse con una sola frase, la repito y me da alguna pista: POR TODOS MIS COMPAÑEROS Y POR MÍ PRIMERO. Amigos hombres, amigos masculinos, propongo que nos pongamos a ser menosculinos con el objeto de ir desapareciendo, con el objeto de que, en un futuro no muy lejano, ser humano  sea efectivamente lo mismo  para quienes nacen con unas características sexuales que para quienes nacen con otras, y sin que eso les distribuya injustamente en la categoría de dominador y de dominada. ALCEMOS, pues, LA MALLA.

Por Juan Antonio Doncel

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