Prensa, política y poder

Prensa, política y poder

Por Javier Figueiredo

Hace justamente diez años me tocó colaborar en la coordinación de un curso sobre las relaciones entre la prensa y el poder en España y Portugal. Las circunstancias que en aquel momento se vivían hicieron que el curso acabara por otros derroteros, que quizá no eran lo que yo hubiera preferido, y se fueron por las alturas de los poderes económicos y el dominio e influencia sobre lo que se cuenta, se dice y se escribe en los medios de comunicación.

La semana pasada la Asociación de la Prensa de Madrid, que comparte siglas con un genial programa de la TV3 catalana, presentaba una queja por el acoso que varios periodistas sufrían a manos de Podemos y usaba palabras mayores como “intimidación”. Me alegro de que la Asociación de la Prensa de Madrid haya tenido la valentía de salir en defensa de estas personas que se dedican a la profesión periodística; supongo que es un viraje en su manera de hacer, que de ahora en adelante van a ser implacables en la protección de las redactoras frente a los gabinetes de prensa de los ministerios, partidos, portavocías de gobiernos, imperios mediáticos, cadenas de periódicos y demás grupos de presión.

Podemos vivió una época dulce, con muchos periodistas rendidos en alabanzas y asombrados por el impacto que supuso su aparición. Esto ha contrastado con una época menos placentera, en la que ha tenido que defenderse de ataques y acusaciones por doquier. Es probable que Podemos pudiera haber caído también en los errores más habituales que se dan en estos campos minados en los que unos quieren sacar información y otros quieren que solo se saque propaganda, que es en lo que se ha convertido desde hace ya mucho tiempo el panorama político y mediático no solo de España sino de muchos otros países. Una formación como Podemos debe tener en cuenta que la mayoría de los medios de comunicación tienen unos dueños o unos responsables que no comulgan en absoluto con sus propuestas, que los periodistas de a pie de calle tendrán que satisfacer a sus jefes si quieren conservar el puesto y que, quizá, los reproches o malestares no deben dirigirse a los últimos eslabones de la cadena.

Pero mucho me temo que se ha sacado a la palestra un asunto que, incluso en el hipotético caso de que fuera verdad, tendría una relevancia mínima a la hora de describir las presiones y amenazas que sufren los periodistas desde los distintos poderes. En primer lugar porque el “poder” de Podemos – valga la redundancia y nunca mejor dicho- es ínfimo comparado con los restantes poderes. Con la salvedad de los gobiernos municipales de cuatro de las cinco primeras ciudades del país y unas cuantas más, es un partido que no está sentado en el Consejo de Gobierno de ninguna Comunidad Autónoma ni nada que se le parezca. Tampoco tiene vinculaciones con el accionariado de los grandes imperios mediáticos del país (Prisa, Vocento, Grupo Godó, Atresmedia, Mediaset, etc.) ni goza de las simpatías de las grandes empresas del Ibex 35 o de los principales anunciantes (Santander, BBVA, El Corte Inglés, Endesa, Iberdrola, Telefónica, Inditex, etc.).

Así que uno puede afirmar sin equivocarse que las periodistas vienen sufriendo presiones, ataques y vejaciones de muchas formas: con salarios indignos, con horarios interminables, con expedientes de regulación de empleo salvajes, con llamadas al orden que se hacen directamente desde las altas instancias, con defenestraciones como las de Jesús Cintora o censuras como las sufridas por Fernando Berlín o Nacho Escolar. Cualquiera que ha trabajado a pie de calle en cualquier medio sabe que una bravuconada como la de Girauta a una periodista de La Sexta, o la más que inoportuna referencia de Pablo Iglesias al abrigo de quien le hizo una pregunta complicada son una nimiedad frente a lo que viene ocurriendo día a día en todos los lugares. Los dirigentes de la tercera y cuarta fuerza política del país poco pueden amedrentar a la prensa. Y si me apuran también metería a la segunda fuerza política (y si tienen dudas pregúntenle a Pedro Sánchez).

Necesitamos prensa crítica, independiente, con criterio y con sentido de la ecuanimidad. El trabajo de periodistas y políticos debe regirse por normas de respeto mutuo y eso significa que la crítica y la ecuanimidad deben caminar por vías de doble sentido. Desconfío de que la APM de Victoria Prego esté dispuesta a hacer esa defensa de la profesión tan necesaria porque la primera vez que ha alzado la voz con contundencia se ha ido lo fácil, a buscar el aplauso de los medios más poderosos, antes que a defender a quienes están todos los días en el filo de la navaja.

 

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