La represión de la mujer bajo el fundamentalismo islámico

Una de las luchas y preocupaciones más importantes de la actualidad es la que, con fuerza, está reivindicando una situación de igualdad para la mujer en el ámbito de las sociedades modernas de Occidente. Pero esta lucha, que entre nosotros ha encontrado un contexto adecuado para su pronunciamiento, no es exclusiva, sino que se extiende a otras sociedades y culturas en las que las condiciones para la libertad de expresión no resultan tan favorables. Sin embargo, hay quien ante tan adversa situación, haciendo acopio de valor y coraje, la reivindican con el propósito de formar y remover conciencias. Es lo que intentan Marjane Satrapi y Baya Gacemi en sus respectivas obras. La primera con “Persépolis”, una novela gráfica que en las últimas décadas ha adquirido el estatus de clásico y que narra la infancia y adolescencia de su protagonista en su país de origen, Irán. La segunda lo hace con “Nadia. La voz del terror”, una novela que recoge el testimonio, recabado por la escritora, de la convivencia matrimonial de una joven argelina con un miembro de un grupo terrorista islámico.

viñeta Persépolis

Obra Persépolis (Marjane Satrapi, 2007)

Dos testimonios para la concienciación

Ambas son concebidas justo en el cambio de siglo y son biografías protagonizadas por mujeres, pero las diferencias contextuales y vivenciales originales son sustancialmente diferentes. Satrapi (protagonista de Persépolis) nació en Irán en el seno de una familia acomodada que, desde siempre, se preocupó por ella y le inculcó valores liberales y democráticos, lo que supuso en ella el despertar temprano de una conciencia política y social, que entró en liza con el régimen islámico que se impuso durante su adolescencia temprana tras la revolución. La joven protagonista de “Nadia. La voz del terror”, sin embargo, se desarrolló en un ambiente de precariedad, al cuidado de una familia y una comunidad en los que los valores religiosos y tradicionales estaban fuertemente arraigados. Fue educada para la sumisión en lugar de para la rebeldía, una actitud que sí fue característica de Satrapi, y posiblemente por eso no tuvo la capacidad para reaccionar y contraponerse a la penosa y degradante situación personal a la que se vio abocada.

Esto y el hecho de que las experiencias vividas por Satrapi abarcan desde finales de los años 70 hasta mediados de los 90, con un breve apunta final sobre la situación actual en su país, y las de “Nadia. La voz del terror” lo hacen durante la última década del siglo pasado, nos permite contemplar un marco particularmente amplio de la mujer en sociedades en las que el fundamentalismo religioso islámico ha encontrado algún tipo de acomodo.

Lo que salta a la vista para nosotros, individuos pertenecientes a una cultura cada vez más laica, es la importancia que la religión llega a adquirir en la vida de estas sociedades árabes, y el retraso que trae consigo en lo que respecta a los derechos y  libertades democráticas, así como en el ejercicio constante de la violencia. Una religión que constituye de por sí un sistema de creencias basado en la imposición de una serie de normas de conductas de carácter restrictivo en lo que se refiere a la interacción entre hombres y mujeres, que es lo que aquí nos interesa, y que cuando se radicaliza pueden llegar a extremizar dicha normativa hasta lindar con el absurdo. Así lo contaba Satrapi en “Persépolis”, cuando mostraba a un gobierno que, obsesionado con prohibir que mujeres y hombres experimentaran el más mínimo deseo carnal, obligó a su gente a aplicar maneras incongruentes en sus modos de vestir. Eran prácticas que mantenían a la población en una preocupación y un miedo constantes, para así impedir que ésta se hiciese preguntas que pusieran en peligro la pervivencia del régimen establecido. Algo similar se relataba en “Nadia. La voz del terror”, donde se ponía de manifiesto la particular dureza de sus costumbres, que impedían gestos tan habituales para nosotros como el intercambio de miradas y abrazos entre miembros de ambos sexos, incluso dentro del propio matrimonio. Son regímenes que se basan en la erradicación de elementos adversos y en el sometimiento. En especial de la mujer, quien es sin duda alguna el sujeto más perjudicado dentro de estas sociedades, pues si el hombre está en situación de débito con Dios, la mujer lo está de ambos. En el caso del fundamentalismo más radical ella cumple un papel de servidumbre rayano en la esclavitud, pero que debido a la capacidad persuasiva de la doctrina religiosa, llega a ser aceptado abnegadamente por la propia mujer como si ese fuese el estado natural reservado para su existencia.

viñeta persépolis

Obra Persépolis (Marjane Satrapi, 2007)

Regímenes patriarcales a fin de cuentas

Lo que puede ser interesante para la lucha que se está llevando a cabo en las sociedades occidentales que, a priori, solemos situar muy distantes de estas otras, más retrogradas y represoras desde nuestro particular punto de vista, es detectar que también aquí la autoridad se caracteriza por su carácter machista, pero que la emancipación de la figura de Dios surgida a raíz del establecimiento de un pensamiento secular, ha permitido dejar sin sustento y sin justificación las pretensiones pratiarcales mantenidas por los credos religiosos mayoritariamente establecidos desde hace siglos, ya sea el islámico, el católico o el judío, por mencionar los que históricamente nos han tocado más de cerca. O en otras palabras, las conductas que antes tenían sentido desde un punto de vista religioso, ahora lo han perdido por completo. Es así como la mujer, desenvuelta en un panorama de derechos y libertades individuales, se percata del carácter cultural y circunstancial de esa situación de desigualdad y debilidad sistémica. Pero para alcanzar sus propósitos aún debe superar un último escollo: el orgullo masculino.

De alguna manera, y esta es una hipótesis que me aventuro a esbozar en las siguientes líneas y que, desde del ámbito de la psicología podrá ser convenientemente confirmada o rebatida, creo ver en los credos de estas religiones la dedicación por preservar al hombre de una imagen subconsciente que concibe a la mujer como una madre que el niño ama cuando le proporciona placeres, pero que repudia cuando le impone o le coarta. Someterlas a través de sus doctrinas es la forma sublimada en la que el hombre castiga a esa madre estereotípica a través de todas y cada una de las mujeres existentes y venideras y, al mismo tiempo, permitirse a sí mismo campar a sus anchas. Puede que lo que acabo de exponer resulte un tanto descabellado, pero lo que está claro es que cuando esta situación de privilegio para el hombre ya no queda legitimada por un régimen coercitivo, lo que permanece es el anhelo por preservarla a toda costa de lo que para él representa una amenaza.

El hombre que no ha asumido esta nueva realidad de las cosas, es alguien que se resiste a encarar el proceso madurativo al que debería someterse todo ser humano en las actuales sociedades democráticas. Siguen siendo, en esencia, niños resentidos enfundados en la rabia y en el odio, espoleados por el miedo y desesperados, que tan sólo son capaces de mostrar su desacuerdo por medio de la crueldad y la violencia. Y eso es algo que los convierte en particularmente peligrosos.

Por Fidel Martínez

No Comments

Post a Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.